1 d’oct. 2016

Joaquín Torres-Garcia. Antonio Muñoz Molina

J. Torres-García. Ice cream
Quien le enseñó a Joaquín Torres-García a hacer pajaritas de papel -en Barcelona, hacia 1900- fue Miguel de Unamuno. Torres-García está siempre entre la filosofía y la papiroflexia, entre la carpintería y el misticismo, entre los signos primarios dibujados en cuevas prehistóricas y en callejones de París y las avanzadas más valerosas del arte moderno. Contaba en sus memorias que de niño, en la periferia de Montevideo, ya era pintor antes de enterarse de que existiera la pintura. En los desvanes del almacén de todo tipo de mercaderías de su padre dibujaba las cosas que veía en sus paseos por el puerto de Montevideo, las anclas de los barcos, el reloj del faro, las chimeneas pintadas de blanco y de rojo de las que subían nubes de vapor, el sol en las banderas de Uruguay. Torres-García se dejaba fascinar por la misteriosa variedad de los objetos que estaban a la venta en la tienda de su padre, y también por los olores y las formas puras de los bloques de madera que veía en el taller de carpintería de su abuelo materno.

J. Torres-García. New York Docks
Viajando en un buque de vapor de Montevideo a Barcelona a los 16 o 17 años, Torres-García completaba un camino de aprendizaje que no era el de los estudios académicos, sino el de la historia entera de las representaciones visuales. En Montevideo no había visto cuadros, ni revistas, ni casi nada que fuera contemporáneo, a excepción de los barcos y las grúas del puerto. En Barcelona, en Mataró, lo trastornó el espectáculo de la ciudad moderna y de la agitación industrial y artesana. En los talleres de Mataró donde se cardaba la lana le impresionaron grandes balanzas que no dejaron nunca de aparecer como jeroglíficos, como una taquigrafía del recuerdo, en sus pinturas y dibujos de la madurez. Tenía una memoria visual infalible. Esas parrillas o trébedes que también están en sus cuadros son las que servían para asar la carne en las cocinas de su infancia.

J. Torres-García. Composition 2 
Torres-García llegó a Barcelona y descubrió de golpe una cultura y una ciudad muy tupidas que eran el reverso de los grandes espacios en blanco de su vida en Uruguay. Todo lo aprendía desor­denadamente y de golpe. Descubría la pintura, aunque fuera la aparatosa pintura histórica de la época; descubría la literatura y la filosofía, y sobre todo la música, las sinfonías de Beethoven que se tocaban por primera vez en Barcelona, la música de piano en las casas burguesas donde iba a dar clase de dibujo a los niños, la obertura de Tannhäuser, que estremeció tanto su oído ávido que tuvo la sensación de que por primera vez estaba escuchando de verdad la música.

J. Torres-García. Urban Landscape, Barcelona
Torres-García, autodidacta y zurdo, devoto de los misticismos simbolistas de la época y de la carpintería, absorbió en Barcelona todo lo mejor que se podía aprender allí y se marchó pronto en busca de nuevos horizontes, contagiado del desasosiego viajero que había llevado a su padre a emigrar a América y a volver sin mucha fortuna a su tierra natal. […]

26 d’ag. 2016

Colores

Claude Monet
El azul. El color conformista. ¡Qué dócil es! ¡Qué disciplinado! El azul es un color muy moderado, que se funde con el paisaje y no quiere llamar la atención. ¿Será ese carácter consensual lo que lo ha convertido en la estrella, en el color favorito de los europeos? Durante mucho tiempo ocupó un segundo plano, se lo desdeñaba, en la Antigüedad incluso se lo despreciaba. Luego, como un hábil cortesano, supo imponerse, poco a poco, sin enfrentamientos... Y ahí lo tenemos ahora, el rey de los colores. El color de los plebiscitos, el más oficial. En Occidente se ha convertido en garantía de conformismos: reina en tejanos y en camisas. ¡Si hasta se le ha confiado Europa y la ONU! ¡No se puede negar que nos gusta mucho!

Cy Twombly
El rojo. El fuego, la sangre, el amor y el infierno. Con él no caben matices. A diferencia del timorato azul, el rojo es un color orgulloso, lleno de ambiciones y sediento de poder, un color que quiere dejarse ver y que está decidido a imponerse a todos los demás. Pese a tanta insolencia, su pasado no fue siempre glorioso. Hay una cara oculta del rojo, un mal rojo (como también se habla de "mala sangre") que ha causado estragos a lo largo de los tiempos, una herencia aviesa cargada de violencia y de furia, de crímenes y pecados. Desconfiad del rojo: este color esconde su duplicidad. Es fascinante y candente como las llamas de Satanás.

Joaquín Sorolla
El blanco. En todas partes evoca la pureza y la inocencia. Es un tópico con más vidas que un gato: "¿El blanco? -oímos decir a menudo-, ¡pero si no es un color!". Es verdad que al pobre color blanco le cuesta que se le reconozca en su justo valor, y también lo es que desde siempre ha sido objeto de una increíble intransigencia. Pues nunca se está contento con el, siempre se le exige más, queremos que sea "más blanco que el blanco". Sin embargo, este color es, sin duda, el más antiguo, el más fiel, el que transmite desde siempre los símbolos más fuertes, más universales, y el que nos habla de lo esencial: la vida, la muerte, y tal vez también -a lo mejor por eso le tenemos tanta manía- un poco de nuestra inocencia perdida.

Auguste Renoir
El verde. El que esconde bien su juego. ¡Menuda plaga! Todo el mundo se ha lanzado al verde: zonas verdes, números verdes, clases verdes, precios verdes, tarjetas verdes, Partido Verde... Y en Francia hasta han pintado las papeleras con este color, que se supone evoca la naturaleza y la limpieza. ¡No insistáis! El símbolo es demasiado bello para ser verdad, y haríamos bien en desconfiar de él, pues al contrario de lo que las apariencias indican, el verde no es un color honesto. Es un tunante que, siglo tras siglo, ha sabido esconder su juego, un artero responsable de más de un golpe bajo, un hipócrita al que le gustan las aguas turbias, un color peligroso cuya verdadera naturaleza es la inestabilidad. Algo que, en resumidas cuentas, ¡casa bastante bien con una época perturbada como la nuestra!

Vincent van Gogh
El amarillo. ¡Todos los atributos de la infamia! No es un color muy apreciado. En el mundillo de los colores, el amarillo es el extranjero, el apátrida, el que suscita desconfianza y que atribuimos a la infamia. Amarillo como las fotos palidecen, como las hojas muertas, como los hombres que nos traicionan... De amarillo vestía Judas. Amarillo era el color con que se denunciaba la casa de los fabricantes de moneda falsa. Amarilla también era la estrella que marcaba a los judíos y los destinaba a la deportación... No hay duda, ni la historia ni la fama del amarillo son buenas.

Édouard Manet
El negro. Del duelo a la elegancia. Noir c'est... pas noir! Negro es... no negro. Y lo lamento por la canción. Es verdad que a este color hay que cogerlo con pinzas, como el carbón pero no es tan uniforme ni tan desesperado, ni tan negro en definitiva como se pretende. La prueba es que aunque permanece en los coches fúnebres y se oculta en las últimas sacristías, también viste a los modernos. Ahora, elegancia significa color negro. Pero aún hay más: con el blanco, su compadre, el negro ha construido una imaginario aparte, una representación del mundo trasmitida por la fotografía y el cine, y que en ocasiones resulta más verídica que la que describen los colores. El universo del blanco y negro, que creíamos relegado al pasado, sigue ahí, profundamente anclado en nuestros sueños y tal vez en nuestra forma de pensar.

Paul Klee
Los semicolores. Gris lluvia, rosa intenso. Azul, rojo, blanco, verde, amarillo, negro... ¿Y luego? ¿Cuántos colores? No se lo preguntéis al arco iris, que es un prestidigitador. Sólo nos enseña lo que queremos ver. Los niños que buscan el tesoro al pie de sus rayos bien lo saben: los colores se zafan en cuanto intentamos atraparlos, pues no son más que una ilusión... Un color es un conjunto de símbolos y de convenciones. Detrás de los seis colores de base viene la comparsa, los semicolores (rosa, marrón, naranja, violeta, y el curioso gris) y un séquito infinito de matices que no dejamos de inventar. La lección que extraemos es de lo más divertida: un color sólo existe porque lo miramos. El color no es, en definitiva, más que una producción del hombre.