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13 de febr. 2018
19 de gen. 2018
31 de març 2017
5 de febr. 2017
1 d’oct. 2016
Joaquín Torres-Garcia. Antonio Muñoz Molina
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J. Torres-García. Ice
cream
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J. Torres-García. New
York Docks
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Viajando en un buque de vapor de Montevideo a Barcelona a los 16 o 17
años, Torres-García completaba un camino de aprendizaje que no era el de los
estudios académicos, sino el de la historia entera de las representaciones
visuales. En Montevideo no había visto cuadros, ni revistas, ni casi nada que
fuera contemporáneo, a excepción de los barcos y las grúas del puerto. En
Barcelona, en Mataró, lo trastornó el espectáculo de la ciudad moderna y de la
agitación industrial y artesana. En los talleres de Mataró donde se cardaba la
lana le impresionaron grandes balanzas que no dejaron nunca de aparecer como
jeroglíficos, como una taquigrafía del recuerdo, en sus pinturas y dibujos
de la madurez. Tenía una memoria visual infalible. Esas parrillas o trébedes
que también están en sus cuadros son las que servían para asar la carne en las
cocinas de su infancia.
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| J. Torres-García. Composition 2 |
Torres-García llegó a Barcelona y descubrió de golpe una cultura y una
ciudad muy tupidas que eran el reverso de los grandes espacios en blanco de su
vida en Uruguay. Todo lo aprendía desordenadamente y de golpe. Descubría la
pintura, aunque fuera la aparatosa pintura histórica de la época; descubría la
literatura y la filosofía, y sobre todo la música, las sinfonías de Beethoven
que se tocaban por primera vez en Barcelona, la música de piano en las casas
burguesas donde iba a dar clase de dibujo a los niños, la obertura de
Tannhäuser, que estremeció tanto su oído ávido que tuvo la sensación de que por
primera vez estaba escuchando de verdad la música.
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J. Torres-García.
Urban Landscape, Barcelona
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26 d’ag. 2016
Colores
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| Claude Monet |
El azul. El color conformista. ¡Qué
dócil es! ¡Qué disciplinado! El azul es un color muy moderado, que se funde con
el paisaje y no quiere llamar la atención. ¿Será ese carácter consensual lo que
lo ha convertido en la estrella, en el color favorito de los europeos? Durante
mucho tiempo ocupó un segundo plano, se lo desdeñaba, en la Antigüedad incluso
se lo despreciaba. Luego, como un hábil cortesano, supo imponerse, poco a poco,
sin enfrentamientos... Y ahí lo tenemos ahora, el rey de los colores. El color
de los plebiscitos, el más oficial. En Occidente se ha convertido en garantía
de conformismos: reina en tejanos y en camisas. ¡Si hasta se le ha confiado
Europa y la ONU! ¡No se puede negar que nos gusta mucho!
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| Cy Twombly |
El rojo. El fuego, la sangre, el amor y el infierno. Con él no caben matices. A diferencia del timorato azul, el
rojo es un color orgulloso, lleno de ambiciones y sediento de poder, un color
que quiere dejarse ver y que está decidido a imponerse a todos los demás. Pese
a tanta insolencia, su pasado no fue siempre glorioso. Hay una cara oculta del
rojo, un mal rojo (como también se habla de "mala sangre") que ha
causado estragos a lo largo de los tiempos, una herencia aviesa cargada de
violencia y de furia, de crímenes y pecados. Desconfiad del rojo: este color
esconde su duplicidad. Es fascinante y candente como las llamas de Satanás.
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| Joaquín Sorolla |
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| Auguste Renoir |
El verde. El que esconde bien su juego. ¡Menuda plaga! Todo el mundo se ha lanzado al verde: zonas verdes, números
verdes, clases verdes, precios verdes, tarjetas verdes, Partido Verde... Y en
Francia hasta han pintado las papeleras con este color, que se supone evoca la
naturaleza y la limpieza. ¡No insistáis! El símbolo es demasiado bello para ser
verdad, y haríamos bien en desconfiar de él, pues al contrario de lo que las
apariencias indican, el verde no es un color honesto. Es un tunante que, siglo
tras siglo, ha sabido esconder su juego, un artero responsable de más de un
golpe bajo, un hipócrita al que le gustan las aguas turbias, un color peligroso
cuya verdadera naturaleza es la inestabilidad. Algo que, en resumidas cuentas,
¡casa bastante bien con una época perturbada como la nuestra!
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| Vincent van Gogh |
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| Édouard Manet |
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| Paul Klee |
4 d’ag. 2016
Gauguin. Antonio Muñoz Molina
En Gauguin casi nada es lo que parece. Una leyenda
desfigura su persona y su arte, pero él fue el primero que alimentó esa
leyenda. Decía que su propensión hacia lo primitivo y lo que llamaba sin reparo
lo salvaje le venía de su origen inca, pero en realidad era sobrino nieto del
último virrey español en el Perú colonial. Atravesó más de medio mundo en busca
del paraíso terrenal de Tahití, pero su fascinación por la isla y por Oceanía
la descubrió visitando la gran exposición colonial de París en 1889, en la que
los nativos de diversos dominios eran presentados casi como animales exóticos
en un zoo, en el interior de chozas y vestidos con sus ropas tribales, ocupados
en danzas y en tareas domésticas siempre pintorescas. Había empezado a pintar
justo en el momento en el que los impresionistas celebraban la inmediatez de
las percepciones, la vida contemporánea, los paisajes próximos de la ciudad o
del campo francés; pero él había preferido muy pronto representar lo escondido
y no lo visible, los sueños y las leyendas que forman la raíz de la psique
humana y no las impresiones accidentales y fugaces. Monet pintaba estaciones y
puentes de ferrocarril, atmósferas contaminadas y afantasmadas por los humos
industriales; Seurat o Degas o Toulouse-Lautrec se sumergían en los
espectáculos nocturnos de París y en los cafés alumbrados por las luces de gas,
en una especie de metódica ebriedad del presente. Gauguin buscaba la
perduración del mundo arcaico en las provincias, y las mujeres francesas que le
gustaba pintar no vestían a la última moda, sino con los pesados ropones y las
cofias medievales de las aldeas de Bretaña.
Iba descartando arcadias sucesivas a la misma velocidad
que las descubría: la Martinica, la Bretaña brumosa, la Provenza en la que su
pobre amigo trastornado Vincent van Gogh quiso fundar con él una comunidad de
artistas que trabajarían con una integridad de socialismo primitivo y pintarían
jubilosamente al aire libre y al sol. Pero cuando finalmente lo abandonó todo y
emprendió la travesía a Tahití -había abandonado previamente a su mujer y a sus
hijos- no lo hizo con las manos vacías: llevaba consigo un gran baúl lleno de
libros, de láminas y postales de arte, un catálogo visual de la cultura europea
que dejaba atrás, y con la que no rompió por mucho que fingiera que abjuraba de
ella igual que del orden burgués y de las ortodoxias del catolicismo. El baúl
de Paul Gauguin era quizás el primer catálogo universal de las artes, y él es
el primer artista que se alimenta indiscriminadamente de ellas, con una
ambición que va más allá del orientalismo de los románticos. La fotografía y
los avances en la impresión hacían accesibles por primera vez las imágenes de
cualquier obra de arte, de cualquier paisaje o cualquier edificio. Gauguin
aprovechó esa innovación tecnológica con la misma desenvoltura con que se
aplicaba él mismo a la artesanía obsoleta del grabado en madera. Gracias a las
postales y a las reproducciones podía trabajar teniendo delante de sí un
bajorrelieve egipcio o un friso de jinetes del Partenón o de esculturas de
dioses hindúes o una estela budista o una momia indígena de Perú. Gracias a las
formas en apariencia toscas o crudas de la xilografía podía haber grabados que
poseían una fuerza primitiva de claridades y sombras, que invocaban los mundos
de la mitología, del sueño, de las divinidades esculpidas en troncos o en
grandes bloques de piedra.
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