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| Uccello. Battle of San Romano. 1450 (detail) |
Su
verdadero nombre era Paolo di Dono; pero los florentinos lo llamaron Uccello, o
sea: Pablo el Pájaro, a causa del gran número de pájaros figurados y de
animales pintados que llenaban su casa; pues era demasiado pobre para poder
adquirir y sostener animales vivos. Hasta se dice que hubo de ejecutar, en
Padua. un fresco de los cuatro elementos, en el que dio por atributo al aire la
imagen del camaleón. Pero, como jamás había visto ninguno, lo representó como
un camello panzudo con las fauces abiertas. (Ahora bien, explica Vasari, el
camaleón es semejante a un lagarto pequeño y enjuto, en tanto que el camello es
un animal grande y desgarbado.) Pero Uccello no se preocupaba de la realidad de
las cosas, sino de su multiplicidad y del infinito de las líneas; de suerte que
pintaba campos azules, y ciudades carmesíes, y jinetes revestidos de negras
armaduras sobre caballos de color de ébano y belfo llameante, blandiendo lanzas
proyectadas como rayos de luz hacia todos los puntos del cielo. Solía también
dibujar mazzocchi, que son círculos de
madera forrados de paño que se colocan sobre la cabeza de manera que los
pliegues de la tela, echada hacia atrás, caen rodeando el rostro. Uccello los
imaginó de todas formas, cuadrados, puntiagudos, piramidales, cónicos, romboidales,
según las apariencias todas de la perspectiva, de manera que las distintas
combinaciones del mazzocchio le
suministraban un mundo de combinaciones. Y el escultor Donatello le decía: «Ah,
Paolo; dejas la sustancia por la sombra!»
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| Uccello. Perspective Study of a Mazzocchio |
Pero
el Pájaro proseguía su obra paciente, entrecruzando líneas y círculos, sumando
ángulos, dividiendo polígonos y examinando a todas las criaturas bajo todos sus
aspectos. Con frecuencia visitaba a su amigo el matemático Giovanni Manetti
para preguntarle la interpretación de los problemas de Euclides; luego, se
encerraba en su casa, y cubría sus tablas y vitelas de figuras geométricas.
Trabajaba con ahínco en el estudio de la arquitectura, haciéndose ayudar por
Filippo Brunelleschi; pero no era con la intención de construir. Limitábase a
observar las direcciones de las líneas, desde los cimientos hasta las cornisas,
y la convergencia de las rectas en sus intersecciones, y el modo en que las
bóvedas y los arcos descansaban en sus claves, y el escorzo en abanico de las
vigas maestras en ciertas construcciones. Representaba también todos los
animales y sus movimientos, y los ademanes y gestos de los hombres, a fin de
reducirlos a sus líneas esenciales.
Luego,
semejante al alquimista que se inclina sobre sus crisoles en persecución de la
piedra filosofal, Uccello vertía todas las formas en el crisol de las formas.
Las reunía y combinaba y fundía y refundía, a fin de obtener su transmutación
en la forma simple, esencial, de que dependen todas las demás. Tal era la razón
de que Paolo Uccello viviera como un alquimista en el fondo de su casucha.
Creyó que podría transmutar todas las líneas en un solo aspecto ideal. Intentó
concebir el universo creado tal como se reflejaba en el ojo de Dios, que ve
brotar todas las figuras de un centro complejo. En torno de él vivían Ghiberti,
della Robbia, Brunelleschi, Donatello, todos ellos orgullosos y en posesión de
su arte, haciendo burla del infeliz Uccello y de su locura de la perspectiva,
compadeciendo su casa llena de arañas y exenta de provisiones. Pero Uccello los
superaba con mucho en ambición y en soberbia. A cada nueva combinación de
líneas, esperaba haber descubierto el secreto de crear. La meta a que propendía
su esfuerzo no era la imitación, sino la capacidad de desarrollar soberanamente
todas las cosas, y la extraña serie de tocas que trazaba le parecía más
reveladora que las espléndidas figuras de mármol del gran Donatello.
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| Uccello. Battle of San Romano. 1450 (detail) |
Así
vivía el Pájaro, semejante en todo a un ermitaño, absorto, sin casi darse
cuenta de lo que comía y bebía, saliendo apenas de su casa, y cuando lo hacía,
tan sólo para vagar por los contornos de la ciudad, observando el zigzag de los
pájaros en el cielo y el juego inextricable de las frondas. Un atardecer,
paseando por una pradera solitaria, junto a un círculo de viejas piedras
hundidas en la hierba, vio de repente a una doncellita que reía, la frente
ceñida de una corona de flores silvestres. Llevaba una túnica hasta los pies,
de color delicado, sujeta al talle por una cinta de seda, y sus movimientos
eran flexibles como los tallos de las flores que sus dedos entretejían en
guirnalda. Su nombre era Selvaggia, y sus labios sonrieron suavemente a
Uccello. Éste anotó maquinalmente la inflexión de su sonrisa. Y, cuando ella lo
miró, observó las menudas líneas curvas de sus pestañas, y el redondel de sus
pupilas, y la comba de sus párpados, y la trama sutil de sus cabellos, e hizo
describir en su imaginación a la corona que le ceñía la frente un sinfín de
posiciones. Pero Selvaggia nada supo de ello, pues tan sólo tenía trece años.
Casi sin saber lo que hacía, tomó a Uccello de la mano, y lo amó. Era hija de
un tintorero de Florencia, y huérfana de madre. Una segunda mujer vino a la
casa, y trató con crueldad a Selvaggia, llegando hasta pegarle. Uccello la condujo
consigo a su taller.
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| Uccello. Battle of San Romano. 1450 (detail) |
Selvaggia
se pasaba el día acurrucada ante el muro sobre el que Uccello trazaba,
infatigablemente, las formas universales. Jamás comprendió que Uccello pudiera
preferir perderse en aquel laberinto de líneas rectas y curvas a contemplar el
tierno rostro que se levantaba hacia él. Por la noche, cuando Brunelleschi o
Manetti venían a estudiar con Uccello, ella se dormía, al pie de las líneas
entrecruzadas, en la zona de sombra que dejaba a su alrededor la luz de la
lámpara. Al amanecer, se despertaba antes que Uccello, y se regocijaba de
sentirse rodeada por todos aquellos pájaros y animales pintados. Uccello dibujó
sus labios y sus ojos, y sus cabellos, y sus manos, y fijó todas las actitudes
de su cuerpo; pero no hizo su retrato, como solían hacer los otros pintores
cuando amaban a una mujer. Pues el Pájaro no conocía el goce de limitarse a la
persona individual; no permanecía en un solo lugar; antes bien quería cernirse,
en su vuelo, por encima de todos los lugares. Y las formas de las actitudes de
Selvaggia fueron arrojadas en el crisol de las formas, con todos los
movimientos de los animales, y las líneas de las plantas y las piedras, y los
rayos de la luz, y las ondulaciones de los vapores terrestres y de las olas del
mar. Y, sin acordarse para nada de Selvaggia, Uccello parecía permanecer
eternamente inclinado sobre el crisol de las formas.
Mientras
tanto, no había qué comer en casa de Uccello. Selvaggia no se atrevía a decirlo
a Donatello ni a los demás. Calló, y murió. Uccello representó la rigidez de su
cuerpo, y la unión de sus manitos descarnadas, y la línea de sus pobres ojos
cerrados. No supo que estaba muerta, del mismo modo que no había sabido que
estaba viva. Pero arrojó estas nuevas formas entre todas las que hasta entonces
recogiera.
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| Uccello. Battle of San Romano. 1450 (detail) |
El
Pájaro envejeció, y nadie comprendía ya sus cuadros. No se veía en ellos sino
una confusión de curvas. No se reconocían ya, en aquella maraña, ni hombres, ni
plantas, ni animales, ni nada que proviniese de la tierra. Desde hacía muchos
años trabajaba en su obra suprema, que escondía celosamente a todas las
miradas. Debía abarcar todas sus investigaciones, cuya imagen visible sería
según su concepción. Era Santo Tomás incrédulo palpando la llaga de Cristo.
Uccello terminó su cuadro a los ochenta años. Mandó, entonces, llamar a
Donatello, y lo descubrió reverentemente ante él. Y Donatello exclamó: «¡Oh Paolo,
vuelve a cubrir tu cuadro!». El Pájaro interrogó al gran escultor; pero éste no
quiso decir nada más. De suerte que Uccello comprendió que había realizado el
milagro. Pero la verdad es que Donatello no había visto sino un confuso amasijo
de líneas.
Pocos
años después, encontraron a Paolo Uccello muerto de inanición sobre su
camastro. Su rostro estaba radiante de arrugas. Sus ojos, fijos en el misterio
revelado. En el puño, apretado con fuerza, se encontró un redondelito de
pergamino cubierto de líneas entrelazadas, que iban del centro a la
circunferencia, y volvían de la circunferencia al centro.
Font: Marcel Schwob. Vidas imaginarias. Ediciones Siruela, 1997. Traducción Ricardo Baeza.