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27 d’abr. 2013

Dalí. Josep Pla

Dalí i Pla
Ara comença a aparèixer als diaris el nom de Salvador Dalí. El fill del notari de Figueres ha començat una carrera amb una empenta considerable –amb una empenta internacional. Sembla que és un element important del grup surrealista de París. Els diaris de la capital de França el pistonegen i publiquen els seus impressionants exabruptes amb complaença. Farà molt de camí, si és que es vol dedicar a aquesta professió de vedetisme desenfrenat. Examinant les coses fredament, el que resulta extraordinari, literalment fabulós, és que Dalí, repetint les collonades, ximpleries i animalades que es deien als cafès de Figueres en els anys de la seva adolescència i la seva primera joventut (manifestades per ell amb un francès fantàstic i amb una barra descomunal), es vagi fent un tipus no solament de París, sinó de molt més enllà de París –un tipus que tira per la fama mundial, com es va veient cada dia. En aquells anys, Figueres s’especialitzà en un humorisme sense solta, de gra molt gruixut, d’un primarisme grotesc. Aquest humorisme fou cultivat en els cafès i en algunes cases particulars. L'advocat Cardona, que era un republicà-monàrquic important de la població, digué un dia, per indicar fins a quin extrem un ciclista n'havia soperat (superat) un altre, que l'havia vajillat, passant de la "sopera" a tota la vajilla. Aquesta frase portà l'humorisme figuerenc al seu zenit.

Per altra part, Dalí, de part de mare, està lligat amb els Domènech i els Serraclara de Barcelona i, per tant, té una gran llosada barcelonina, amb el consegüent xaronisme diluït en la sang. Es podria dir que tot aquest paquet d’irrisorietats no hauria estat res sense la barra del pintor... És possible. És evident, però, que aquells anys, de barra més aviat en sobrà, tant a Figueres com a Barcelona. El que no es pot negar, en tot cas, és que les més absurdes formes de –diríem– l’esperit de Figueres es van projectant, a través de Dalí, sobre l’espai mundial. Són exabruptes que són de tothom i no són de ningú: són de Figueres. En aquesta cosa enorme i terriblement bèstia que s’anomena la titil·lació mundial, aquestes bestieses dalinianes de Figueres semblen tenir una entrada magnífica. És gairebé segur que seran un filó inesgotable, que pistonejaran el nom de Dalí fins al deliri –sobretot en aquesta època d’esperit tan obvi i mediocre. No tot, però, ha de ser contrari: Dalí és l’únic element del surrealisme francès –quan pinta– intel·ligible, i això sempre és del gust de la majoria.

(Josep Pla. Notes disperses, OC, 12 - pàg. 16-18)

26 d’abr. 2013

Dalí. Juan José Lahuerta

El espectro del sex-appeal (1934)
En su primer Manifiesto (1924) André Breton definía así al Surrealismo: “Automatismo psíquico por cuyo medio se expresa el funcionamiento real del pensamiento. Es un dictado del pensamiento, sin intervención de la razón”. Las palabras “automatismo” y “dictado”, que tienen su origen en el “monólogo” freudiano, resultan esenciales. De ellas deducimos que el poeta surrealista no crea como el tradicional, a partir de su capacidad de fabricación y de su imaginación consciente, sino a través del contacto con otra realidad de la que se convierte, literalmente, en médium. Que esa realidad distinta sea la del pensamiento, como afirma Breton, o “lo fantástico”, como muchos otros surrealistas dirán a lo largo del tiempo, no nos importa ahora. Lo que importa es que las vías de creación de esa actividad psíquica, claramente expresadas en el manifiesto, son dos: el automatismo y el sueño. Ambas conllevan, en última instancia, la pasividad del poeta.

Pero hablamos de manifiestos. En verdad, la producción surrealista será mucho más consciente y elaborada de lo que esa definición pretende suponer. Ahora bien, Breton y sus amigos son esencialmente poetas. ¿Qué ocurre, pues, con el arte? Si las obras de Breton, de Philippe Soupault, de Robert Desnos... confirman la posibilidad de una literatura basada en la escritura automática y en la narración de los sueños, la duda de que eso mismo sea posible en las artes plásticas surge desde el primer momento. De hecho, en el Manifiesto los artistas ocupan un espacio absolutamente marginal, y en la revista La Révolution Surréaliste la cuestión de la posibilidad de un arte surrealista, planteada directamente por Max Morise y Pierre Naville, se salda con pesimismo. “Nadie ignora que no puede existir una pintura surrealista”, escribe el segundo, mientras que el propio Breton titula una serie de artículos El surrealismo y la pintura, donde esa “y” disyuntiva, que impide al surrealismo convertirse en un adjetivo de la pintura, es bien significativa. La razón es clara: mientras que la “realidad del pensamiento” se transmite directamente a la pluma, el arte necesita unas herramientas, una práctica y unos conocimientos técnicos que impiden la inmediatez exigida por el automatismo.

Geopoliticus child watching the birth of the new man (1943)
En 1929 los acuerdos alrededor de las cuestiones planteadas por el Manifiesto de Breton hacen agua. Los personalismos y las tensiones políticas precipitan la ruptura, no menos que el agotamiento de las fórmulas del automatismo y el difícil encaje del arte en todo el proceso. Breton publica un Segundo Manifiesto que intenta plantear nuevas vías de creación en una sociedad cada vez más violentamente politizada, además de ajustar cuentas con algunos antiguos compañeros, ahora convertidos en enemigos. Ellos le responden con el panfleto Un cadáver, cuya portada muestra a Breton con corona de espinas, como un nuevo y falso Ecce Homo. Finalmente, alrededor de Georges Bataille y de la revista Documents se forma un grupo de surrealistas “heterodoxos” que disputan su primacía. En medio de esta crisis generalizada se produce la irrupción fulgurante de Salvador Dalí.

Que algunas de sus obras fuesen publicadas simultáneamente en Documents y en La Révolution Surréaliste prueba que Dalí fue visto como un revulsivo, tan deseado por los surrealistas heterodoxos como por los ortodoxos. No será necesario recordar los éxitos de Un perro andaluz y de su primera exposición individual en la galería Goemans. Más bien nos interesa el primero de sus textos publicado en París, que apareció en la nueva revista de Breton, Le Surréalisme au Service de la Révolution, titulado El burro podrido. ¿Qué propone Dalí? Esencialmente una interpretación de la realidad basada en un delirio paranoico construido conscientemente: lo que será conocido como método paranoico-crítico. Aunque Dalí aún menciona el “automatismo y otros estados pasivos”, lo cierto es que su método se opone frontalmente a las posiciones que los surrealistas mantenían ante el inconsciente.

La tentación de san Antonio (1946)
Contra la pasividad del médium propone una interpretación delirante, activa y sistemática de la realidad, para intervenir en ella, manipulándola y transformándola. Su objetivo no es menos político que el de Breton, pero va en otra dirección y reclama otros medios. Su propuesta de “sistematizar la confusión y desacreditar la realidad” se alcanzará por medio de los “grandes simulacros escatológicos: mierda, sangre y putrefacción”. Si Breton creía en el poeta redentor, Dalí propone descender a lo bajo para permanecer allí sin posibilidad de redención, como único modo de conseguir la “desmoralización total” de la sociedad. En definitiva, al idealismo utópico de Breton Dalí opone el más bajo materialismo. No es de extrañar que en plena crisis de sus propias fórmulas los surrealistas viesen el texto de Dalí como una sabia nueva, pero tampoco que lo contemplasen con una suspicacia que irá creciendo hasta convertirse en el antagonismo que culminará con su expulsión del grupo en 1934, acusado simultáneamente de hagiógrafo de Hitler y de pintor academicista. ¿Qué importaba? En poco tiempo Dalí afirmaría tranquilamente que el surrealismo era él. […]

Font: Juan José Lahuerta. El Cultural

3 de jul. 2012

Dalí. Tabla comparativa de pintores. Oscar Tusquets

[…] Dalí, a diferencia de muchos vanguardistas, se interesaba sinceramente por la tradición de los grandes maestros de los que se consideraba un continuador, aunque, como se cansó de precisar, un continuador nada aventajado. En varios de sus libros se reproduce una “Tabla comparativa según un análisis daliniano”, que representa tan bien sus filias y sus fobias, y es tan divertida, que no me resisto a reproducirla aquí.

Casi todos los artistas que obsesionaban a Dalí aparecen en la Tabla, pero las puntuaciones pudieron variar algo a lo largo de su vida: obsérvese que tras el indiscutible liderazgo de Vermeer (al que Dalí siempre añadía el “de Delft”, como si hubiera otro) con una puntuación global de 179, aparece Raffaello (al que Dalí no añadía el “de Urbino”) con 176, por delante de Velázquez con 173. No creo que, cuando lo conocí, hubiese establecido este ranking; sin embargo la puntuación de Mondrian no hubiese variado. […]

Tabla comparativa de pintores según un análisis daliniano


Técnica
Inspiración
Color
Tema
Genio
Composición
Originalidad
Misterio
Autenticidad

Leonardo da Vinci

    17

    18

    15

    19

    20

    18

    19

    20

    20

166

Meissonier

    5

    0

    1

    3

    0

    1

    2

    17

    18

47

Ingres

    15

    12

    11

    15

    0

    6

    6

    10

    20

95

Velázquez

    20

    19

    20

    19

    20

    20

    20

    15

    20

173

Bouguereau

    11

    1

    1

    1

    0

    0

    0

    0

    15

29

Dalí

    12

    17

    10

    17

    19

    18

    17

    19

    19

148

Picasso

    9

    19

    9

    18

    20

    16

    7

    2

    7

107

Raffaello

    19

    19

    18

    20

    20

    20

    20

    20

    20

176

Manet

    3

    1

    6

    4

    0

    4

    5

    0

    14

37
Vermeer de Delft

    20

    20

    20

    20

    20

    20

    19

    20

    20

179

Mondrian

    0

    0

    0

    0

    0

    1

    1/4

    0

    3,5

4,75

Font: Oscar Tusquets. Dalí y otros amigos. RqueR editorial.                           

1 de jul. 2012

Dalí. El gran masturbador. Félix Fanés


En otoño de 1929 Salvador Dalí expuso por primera vez en París. Entre los óleos que entonces presentó se hallaba El gran masturbador, que había realizado aquel verano en Cadaqués. Tanto por la manera clara, precisa, casi fotográfica de estar pintado, como por sus manifiestas connotaciones sexuales, la obra puede situarse dentro de la poética surrealista que, desde mediados de aquel año, el pintor venía defendiendo en sus escritos.

Con la representación del rostro grotesco -“angustiado”, decía Dalí- que ocupa la casi totalidad de la tela, el pintor introducía provocativamente la cuestión del autoerotismo. En consonancia con el cuadro, en diversos textos autobiográficos Dalí se refería a la importancia que tenía para él esa práctica sexual. Pese a ello, y pese al mismo título de la obra, es muy probable que la masturbación no sea el elemento principal de la pintura sino tan sólo uno de los muchos que la componen.

Esta afirmación resultará, tal vez, más comprensible si recordamos que Sigmund Freud, del que Dalí era un atento lector, había llamado la atención sobre el autoerotismo como una de las manifestaciones más destacadas de la sexualidad infantil. Y fue precisamente durante aquel verano de 1929 cuando el pintor declaró haberse visto asaltado por un afán “biográfico” que le retrotrajo a la primera infancia. Como él mismo nos ha contado, su mente se vio poblada entonces por un sinfín de imágenes pueriles que intentó trasladar tan milimétricamente como le fuera posible a la tela.

Contra lo que dijera Dalí, sin embargo, esas imágenes no tenían nada de pueriles. El acceso a la “biografía” a través de la masturbación conduce inevitablemente a un mundo de tensiones, ansiedades, terrores y angustias. Así lo deducimos de esa langosta en lugar de la boca; o de ese león con melena en forma de manojo de serpientes a modo de amenazadora cabeza de Medusa; o de esas largas pestañas que feminizan el rostro protagonista, por no hablar de su misma forma de torso descompuesto, al que cabría sumar las hormigas como nuevo signo de putrefacción de muerte; sin olvidar la pareja petrificada de la derecha, en la que las rodillas del personaje masculino se presentan manchadas de sangre, después de que la boca de la mujer se haya aproximado -¿sexualmente? ¿peligrosamente?- a sus genitales.

La representación de la “infancia” en Dalí parte del complejo y oscuro mundo de los orígenes radiografiado por Freud. En ese espacio, las denominadas “fantasías primarias”, especialmente la de castración, parecen jugar, tanto en ésta como en otras obras de la época, un papel primordial. A través del recuerdo de un padre amenazador (que pronto simbolizará a través del mito de Guillermo Tell) y una “madre arcaica” (que condensará junto al padre en aquel mito: al mismo tiempo hombre y mujer, “monstruo de cuatro patas”, como decía Crevel) Dalí escribirá un denso, oscuro, sintético relato de horror, que no puede, sin embargo, ser reducido, como entonces pretendía Dalí, en sintonía con los postulados surrealistas, a un mero documento psicopatológico.

El Bosco. La Creación (fragmento)
Por encima del amasijo de símbolos sexuales procedentes del inconsciente, el pintor ha dispuesto un sistema visual que confiere orden, rigor y sentido a todas las imágenes. Dejando de lado las abundantes citas que la obra contiene, El gran masturbador, especialmente el “rostro” central, se basa en una obra clásica que le sirve de modelo y al mismo tiempo confirma su significación.

Pese a que el pintor siempre afirmó que ese “rostro” angustiado se basaba en una roca de Cap de Creus, lo cierto es que trabajos recientes (J. Yarza) han identificado su origen en la tabla de La Creación que forma parte del tríptico El Jardín de las delicias de El Bosco. A mano derecha de esa tabla, en efecto, puede contemplarse una roca que es al mismo tiempo un rostro siniestro. El parecido entre esa “doble imagen” y el “rostro” pintado por Dalí en El gran masturbador es sorprendente, y no puede deberse a la casualidad. No sólo por el conocimiento que Dalí tenía de la historia de la pintura, sino sobre todo porque ambos cuadros, a escala distinta, plantean en el fondo dos temas similares: un relato sobre los orígenes y sobre su relación con la sexualidad y las perversiones que de ella emanan.

Font: Félix Fanés. El gran masturbador. El cultural. 29/03/200