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21 de febr. 2015

Cézanne. El retrato incesante. Antonio Muñoz Molina

Madame Cézanne en el invernadero. 1891
La señora Cézanne se ponía un vestido, se sujetaba el pelo en un moño, se sentaba en una silla o en un sillón con las manos juntas sobre el regazo y se quedaba inmóvil durante horas, nunca sabía con antelación cuántas, inmóvil y callada, porque a su marido no le gustaba que lo distrajeran, mirando al vacío, o mirándolo a él de soslayo, casi siempre cuando él no tenía los ojos alzados hacia ella, los ojos fijos y a la vez tan ausentes, entre la observación casi clínica y el puro ensimismamiento. Una vez él le había ordenado a una modelo: “¡Sé una manzana!”. A su mujer no tenía que darle esas instrucciones, porque llevaba viviendo con él y posando para él desde que ella tenía 19 años, una de esas muchachas de clase obrera a las que los pintores usaban como modelos y a las que hacían sus amantes. Ella posaba en una escuela de pintura y ganaba algo más de dinero trabajando como encuadernadora. En muchos de los retratos que le hizo él tiene las manos juntas, en el regazo del vestido, unas manos fuertes que se ven más detalladas en los dibujos.

En alguno de los retratos al óleo está cosiendo, sin duda porque él le había indicado que lo hiciera. Sería un alivio ocuparse con algo, distraer la mirada y las manos, aunque lo más probable es que él no le permitiera coser de verdad, ya que cualquier movimiento o cualquier ruido alterarían su concentración. Él elegía el vestido que debía ponerse y la silla recta o el sillón más confortable en el que debía sentarse, y también el fondo, casi nunca el mismo de un retrato a otro, una cortina, una pared con un dibujo de papel pintado barato, una tapia de jardín. Unas veces ella tenía que mantener la cabeza erguida y mirando al frente. Otras le pedía que la ladeara, lo hacía él mismo, sujetando con sus dedos la fuerte barbilla hasta que alcanzara la postura exacta. Y quizás también había veces en que esperaba a que ella fuera cambiando de posición de manera inconsciente, ofreciera un escorzo inesperado al volverse hacia un ruido, se quedara absorta por completo en algo, con esa expresión tan seria, con esos rasgos tan sólidos que él conocía de memoria, y que se ajustaban tan útilmente a su deseo de simplificar las formas y hallar la osamenta de lo duradero bajo las percepciones fugaces, las que habían seducido a los impresionistas hasta un cierto grado de superficialidad, para él irritante, una fascinación frívola por lo azaroso y lo instantáneo.

Madame Cézanne con un vestido rojo. 1890
A otros los estimulaba lo extraordinario o lo desconocido. Él buscaba ahondar una y otra vez en lo más cercano, lo familiar, unas manzanas sobre un lienzo blanco o en un frutero, en la mesa de la cocina, un camino que recorría a diario, la misma montaña vista todos los días desde la ventana de su casa en el campo. Y casi más que nada, que nadie, esa presencia tan asidua en su vida, Madame Cézanne, que en realidad sólo adquirió legalmente ese título cuando llevaban ya muchos años juntos y tenían un hijo de 16. Cuando la pintó por primera vez mostraba una cara desconcertada y redonda, todavía algo infantil. La pintó en un boceto al óleo, con el pelo suelto y los hombros desnudos, y aunque no se ve nada más se nota la incomodidad de la pose, el pudor de encontrarse desnuda, no en la tarima de un aula sino en el cuarto de un hombre, mayor que ella, de una clase muy por encima de la suya, que la ha hecho o va a hacerla su amante, y que cuando la deje embarazada no se casará con ella, y menos aún la presentará a sus padres, burgueses adinerados y católicos que ven a su hijo más o menos como un inútil encaprichado con la pintura, al que le pasan una ayuda mezquina para que no se muera de hambre.

Madam Cézanne in a Red Armchair. 1877
Cézanne retrató a su mujer 29 veces a lo largo de unos treinta años. Pero son innumerables los dibujos a lápiz que hizo de ella, en cuadernos de apuntes, en grandes hojas de cuaderno, en los reversos de otros dibujos. En los retratos al óleo Madame Cézanne es una figura maciza, con algo de estatua, retraída en sí misma, a veces tan impenetrable en su solidez como un árbol o una montaña. La evidencia de lo idéntico vuelve más rico el despliegue de las variaciones, un contraste de obstinación y novedad, de monotonía y rareza, al que yo sólo le encuentro comparación en los bodegones de Morandi y en las series de variaciones musicales de Beethoven. Igual que Beethoven explora todas las posibilidades que caben en un vals muy simple, Cézanne observa a una sola mujer a lo largo de treinta años y cada vez que le pide que se quede inmóvil y se pone a retratarla encuentra la perduración de lo mismo y las facetas inagotables de lo que parece que no cambia, las modificaciones continuas de cualquier presencia observada con algo de atención. Cambia un gesto, se ensancha o se endurece una cara, cambia la moda, todo es distinto si esa mujer de vestuario tan severo se pone de pronto un vestido rojo, si se hace otro peinado, si le da el sol en un jardín, si la cal de los muros y la policromía de las flores llenan el aire de reflejos. Algunas veces la mujer es retratada en presente: su aspecto se corresponde con la edad que tenía cuando se pintó el retrato. Pero otras veces, en un retrato fechado años después, resulta ser mucho más joven, como si Cézanne, aunque la tiene delante, estuviera pintando un recuerdo.

Las reproducciones tergiversan la pintura de Cézanne: la hacen parecer más grave, más laboriosa, más espesa de materia. Vistos en la realidad los cuadros revelan una ligereza inusitada, como de acuarela, como de bocetos al pastel. […]

Font:  

11 de març 2012

Cézanne. Els jugadors de cartes


Dades generals: Els jugadors de cartes de Paul Cézanne, és un oli sobre tela de 47 x 57 cm., pintat cap l’any 1893, que mostra un escena costumista o de gènere. El seu estil es postimpressionista i es troba al Musée Orsay (París)

Descripció de la tècnica i anàlisi formal: El suport utilitzat per Cézanne és el llenç i el procediment tècnic l’oli. El més destacable d’aquesta obra és el tractament de les formes mitjançant el color. Per a Cézanne el color és l’element clau de la seva pintura i no es pot aïllar del dibuix. Amb els contrastos cromàtics construeix l’espai i reforça la contraposició existent entre els dos personatges: el jugador de l’esquerra vesteix una jaqueta de tonalitats marrons i pantalons groguencs, a l’inrevés que el seu contrincant. La llum remarca aquests contrastos.

La construcció de les figures es basa en la seva concepció arquitectònica de la composició, segons la qual les formes de la natura, més enllà de les aparences, es redueixen a estructures simples: cilindres, cons, esferes... Cézanne pinta no allò que l’ull veu, sinó allò que l’ull pensa i diu que vol fer de l’impressionisme quelcom sòlid com l’art dels museus.

Le Nain. Jugadors de cartes
La composició estàtica, tancada i unitària dóna solemnitat al fet trivial de la partida de cartes. L’ampolla de vi, com un fals eix de simetria, delimita dues parts lleugerament desiguals: la de l’esquerra és més ampla i el cos del jugador hi és sencer. Les mirades dels dos jugadors convergeixen en les cartes formant un triangle imaginari invers.

Cézanne abandona el punt de vista únic i immòbil, heretat del Renaixement, i construeix un espai que tendeix a la bidimensionalitat i que mostra simultàniament els objectes des de diversos punts de vista.  

L’estil de Cézanne es molt personal, amb la seva simplificació formal és considerat l’antecessor directe del cubisme i de tots els corrents pictòrics que construeixen les formes a partir de processos intel·lectuals. Picasso va dir: “Cézanne és la mare de tots nosaltres”

Cézanne. Els jugadors de cartes. Metmuseum
Tema, funció i significat. El quadre representa dos homes asseguts, cara a cara, en una taula disputant una partida de cartes. El pintor reprodueix una escena quotidiana que havia vist moltes vegades. El jugador de l’esquerra, que fuma amb pipa, podria ser el jardiner del pare de Cézanne.

Aquesta tela forma part d’una sèrie de cinc quadres sobre el mateix tema. La funció era la de seguir investigant en la tècnica i la pràctica pictòriques, i d’aprofundir en la concepció arquitectònica de la composició. 

Aquesta temàtica dels jugadors de cartes va ser abundantment tractada pels pintors francesos durant els segles XVII i XVIII. De Louis Le Nain es conserva una pintura al museu Granet d’Aix-en-Provence que Cézanne va poder contemplar.

Bibliografia:
DIVERSOS AUTORS. Història de l’art. Barcelona, Ed. Vicens Vives, 2010.
DIVERSOS AUTORS. Visualart. Barcelona, Ed. Vicens Vives, 2006.

OS

9 de març 2012

Cézanne. Manuel Vicent. Retrato del artista fracasado


Cezanne. The Flowered Vase
Ambroise Vollard, vendedor de cuadros, el descubridor de Cézanne, era un tipo agnóstico. Un día le preguntaron: en caso de que le forzaran a elegir religión, cuál escogería. Vollard contestó que era muy friolero, de modo que no dudaría en hacerse primero judío porque en las sinagogas era obligatorio llevar puesto el sombrero; en segundo lugar protestante porque en sus templos solía haber calefacción y nunca católico porque en las iglesias católicas había muchas corrientes de aire. Este hombre tan escéptico y pragmático con la religión fue, no obstante, un visionario para el arte. Había nacido en la isla de la Reunión, donde, de niño, comenzó a coleccionar guijarros y pedazos de vajillas rotas, sobre todo fragmentos de porcelana azul. Su tía Noémie pintaba rosas de papel. El niño quiso saber por qué no pintaba las flores del jardín que eran más bonitas. "Pinto flores de papel porque no se marchitan nunca". Esta misma respuesta le dio Cézanne, muchos años después, en su galería de la Rue Lafitte.

Ambroise Vollard fue el primero en darse cuenta del genio de este pintor, que abrió la puerta a la vanguardia, cuando iba por París vestido como un mendigo, mal afeitado, con un chaleco rojo bajo una chaqueta raída y sus cuadros eran objeto de escarnio, rechazados en todos los Salones de pintura. El padre de Paul Cézanne, un sombrerero de Aix-en-Provence, conservador, con leontina de oro, de carácter tiránico, fundador de una banca de provincias, despreciaba el trabajo de su hijo como artista, aunque le tenía asignado un sueldo de subsistencia, ciento veinticuatro francos al mes, para evitarle tentaciones y tenerlo atado. Hasta el día de su muerte pensó que su hijo era un pintamonas. El escritor Émile Zola también consideraba que su viejo amigo Cézanne era un descarriado, sin habilidad para administrar su talento. […]

Continúa: 
Font: Manuel Vicent. Paul Cézanne: retrato del artista fracasado. El País 2010