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19 de gen. 2018
26 d’ag. 2016
Colores
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| Claude Monet |
El azul. El color conformista. ¡Qué
dócil es! ¡Qué disciplinado! El azul es un color muy moderado, que se funde con
el paisaje y no quiere llamar la atención. ¿Será ese carácter consensual lo que
lo ha convertido en la estrella, en el color favorito de los europeos? Durante
mucho tiempo ocupó un segundo plano, se lo desdeñaba, en la Antigüedad incluso
se lo despreciaba. Luego, como un hábil cortesano, supo imponerse, poco a poco,
sin enfrentamientos... Y ahí lo tenemos ahora, el rey de los colores. El color
de los plebiscitos, el más oficial. En Occidente se ha convertido en garantía
de conformismos: reina en tejanos y en camisas. ¡Si hasta se le ha confiado
Europa y la ONU! ¡No se puede negar que nos gusta mucho!
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| Cy Twombly |
El rojo. El fuego, la sangre, el amor y el infierno. Con él no caben matices. A diferencia del timorato azul, el
rojo es un color orgulloso, lleno de ambiciones y sediento de poder, un color
que quiere dejarse ver y que está decidido a imponerse a todos los demás. Pese
a tanta insolencia, su pasado no fue siempre glorioso. Hay una cara oculta del
rojo, un mal rojo (como también se habla de "mala sangre") que ha
causado estragos a lo largo de los tiempos, una herencia aviesa cargada de
violencia y de furia, de crímenes y pecados. Desconfiad del rojo: este color
esconde su duplicidad. Es fascinante y candente como las llamas de Satanás.
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| Joaquín Sorolla |
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| Auguste Renoir |
El verde. El que esconde bien su juego. ¡Menuda plaga! Todo el mundo se ha lanzado al verde: zonas verdes, números
verdes, clases verdes, precios verdes, tarjetas verdes, Partido Verde... Y en
Francia hasta han pintado las papeleras con este color, que se supone evoca la
naturaleza y la limpieza. ¡No insistáis! El símbolo es demasiado bello para ser
verdad, y haríamos bien en desconfiar de él, pues al contrario de lo que las
apariencias indican, el verde no es un color honesto. Es un tunante que, siglo
tras siglo, ha sabido esconder su juego, un artero responsable de más de un
golpe bajo, un hipócrita al que le gustan las aguas turbias, un color peligroso
cuya verdadera naturaleza es la inestabilidad. Algo que, en resumidas cuentas,
¡casa bastante bien con una época perturbada como la nuestra!
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| Vincent van Gogh |
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| Édouard Manet |
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| Paul Klee |
23 de gen. 2016
Rafael Argullol. El llibre i el lleó
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| Niccolà Colantonio |
Cada tarda el lleó
penetrava a la cova i s’apropava al seu benefactor. Durant el dia el lleó havia
vagarejat pel desert, a la recerca d’aliment, o sense altra missió que
travessar la silenciosa bellesa de la vida. Si era necessari no defugia el
combat i, després, anava a netejar-se el morro a les clares aigües del riu.
Però, fossin com fossin els seus matins, en insinuar-se el capvespre tenia el
desig d’anar a trobar el seu benefactor.
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| Vincenzo Catena |
Al seu costat les nits
transcorrien sempre iguals, sobretot a l’hivern, quan el foc que il·luminava el
fons de la cova projectava a la paret les dues figures. L’home, cobert amb una
tela tosca, romania interminables hores davant dels seus pergamins. Era ja
d’edat avançada però tenia la mirada viva i el pols ferm en el moment
d’escriure. De tant en tant interrompia la seva tasca i, inclinant-se una mica,
acaronava la cabellera del lleó. Aquest esperava pacientment als peus de
l’anacoreta i quan, per fi, la carícia es produïa experimentava una sensació
intensa que apaivagava tota la seva ferocitat. Oblidava les lluites i caceres
del matí i es deixava perdre en aquella pau amistosa.
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Albrecht Dürer
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Aleshores,
inevitablement, tornava a la memòria del lleó aquell migdia encès per un sol
blanc en què la seva arpa ferida sagnava amb abundància. S’havia clavat una
enorme punxa i, per més que es debatia, no trobava la forma d’arrencar-se-la.
Enmig d’aquest turment va fer la seva aparició un home que parlava en veu alta,
distret, ignorant de la presència del lleó ferit. L’home dirigia les seves
paraules al cel. De sobte, va advertir la proximitat de l’animal; no obstant
això, lluny d’espantar-se, com feien els homes quan es trobaven amb lleons, es
va quedar molt quiet. Després, amb un mig somriure, li va dir coses que
semblaven amables. Veient tranquil l’home, també el lleó ferit es va
tranquil·litzar, i en demanar-li que aixequés l’arpa el felí ho va fer sense
cap por. L’home va passar molta estona furgant acuradament en la ferida fins
que va aconseguir extreure la punxa. Immediatament va sentir un gran
alleujament i, en aixecar-se el seu benefactor, el lleó el va acompanyar fins a
la gruta en la qual vivia.
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Rogier van der Weyden
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Així van transcórrer
els dies i, després, els anys. El seu benefactor no disminuïa la seva
perseverança i els seus manuscrits es multiplicaven fins a convertir-se en un
llibre enorme. L’home va envellir, fins que la seva prima carn gairebé va
quedar despresa de l’esquelet, treballant sempre amb tenacitat, de l’alba a la
foscor. El lleó també va envellir, al mateix ritme que el seu benefactor, fins
que la mort va irrompre a la cova. Primer va morir l’home i la seva cara va
quedar dibuixada amb faccions serenes. En veure el rostre ja sense vida del seu
amic, al lleó li va semblar -amb l’indesxifrable pensament dels lleons- que
havia complert finalment amb la seva tasca. La fera va sortir fins a la porta
de la cova per contemplar el desert per darrera vegada, i després va jaure al
costat del seu benefactor, de la mateixa manera que ho havia fet al llarg de
tants anys i, com un lleó feliç, va lliurar-se a la mort.
El gran llibre, l’obra
de tant temps i de tants afanys, va ser el testimoni mut de l’escena.
24 de des. 2014
Lo sublime. Javier Gomá Lanzón
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'Sin título', 1969. Mark Rothko
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[…] Para la Antigüedad el mundo conforma un cosmos finito, cuya belleza
reside en la limitación. Lo ilimitado, lo infinito son siempre sospechosos para
el griego, porque remiten a una situación caótica, monstruosa, previa a la
determinación de las leyes naturales. El arte no debe tratar de inventar nada,
sino imitar la bella perfección de una naturaleza preexistente. Incluso para Longino lo sublime se integra en lo
bello y se puede hablar con propiedad en él de una belleza sublime. Pero es
cierto que en su tratado (capítulos 35 y 36) encontramos expresiones que
parecen subvertir este orden clásico porque sugieren la insuficiencia de la
naturaleza para un poeta inflamado que, “abandonando las fronteras del mundo”,
alcanza una grandeza supranatural que, a pesar de su imperfección, es sublime.
Aquí se apunta la posibilidad de una sublimidad antibella y antinatural, sin
imitación, que la modernidad, leyendo a Longino a su conveniencia, convertirá
en canónica.
Longino
llegó a la Europa moderna, tras siglos de olvido, por la traducción de su
tratado que en 1674 hizo el académico francés Boileau-Despréaux. Pronto se
apropió del concepto el pensamiento inglés, que lo trasplantó desde los
dominios de la retórica, su lugar original, a los de la psicología de las artes
visuales. Para Addison, en Los
placeres de la imaginación (1712),
estos placeres son de tres clases según los objetos que comparecen a la vista:
lo bello, lo singular y lo grande (los dos últimos acabarán recibiendo el
nombre de pintoresco y sublime, respectivamente). Ante lo grande, dice, “caemos
en un asombro agradable y sentimos interiormente una deliciosa quietud (stillness) y
espanto (amazement)”. Burke,
autor de De lo bello y lo sublime (1757), el texto más influyente en la
materia junto al de Longino, permutará la tríada de Addison por un dualismo
insuperable, definitivo, entre sólo las dos categorías del título, cuyo
antagonismo exaspera hasta el extremo. Lo bello es una sensación sociable, de
placer o amor, que suscita la vista de determinados cuerpos pequeños, graciosos
y delicados. Lo sublime, en cambio, es un deleite solitario. Y en su analítica
de lo sublime Burke caracteriza esta categoría con propiedades romantizadas
contrapuestas a su visión neoclásica o rococó, muy siglo XVIII, de la belleza.
Produce asombro y admiración la contemplación de esos grandiosos fenómenos
desatados en la naturaleza -tempestades, huracanes, terremotos, volcanes en
erupción, la pavorosa majestad de la noche oscura- cuando observamos la
proximidad del peligro que nos amenaza, pero al mismo tiempo nos sabemos a
salvo de él. Y ninguna fuente mayor de lo sublime que el vislumbre de lo que,
por no poder percibir sus límites, presentimos infinito. “La infinidad”,
escribe Burke, “tiene una tendencia a llenar la mente con aquella especie de
horror delicioso (pleasing horror) que
es el efecto más genuino y la prueba más verdadera de lo sublime”.
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Monje al borde
del mar, 1809. Friedrich
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Aquí se
consuma el giro moderno de lo sublime. Por un lado, una belleza natural seca,
simétrica y ornamental; por otro, una sublimidad infinita, en trance,
sobrenatural y por eso mismo deforme o informe. El más consecuente corolario de
este presupuesto lo hallamos, dentro de las artes visuales, en el expresionismo
abstracto norteamericano. En un texto de 1947, The sublime is now, Barnet Newman escribió que “la única pregunta que se
impone hoy es cómo crear un arte de lo sublime”, lo cual requiere, afirma con
radicalidad, una previa destrucción de la belleza. Y ese designio lo creía
cumplido en el arte abstracto de su país, sin imitación de bellas formas
naturales, que “reafirma el deseo natural del hombre por lo exaltado y nuestra
relación con las emociones absolutas”. Y el crítico Rosenblum en The abstract sublime (1961)
conecta Luz y verde sobre azul de
Rothko (1954) con Monje al borde
del mar de Friedrich (1809) para argüir que las raíces
comunes del expresionismo abstracto y la pintura de paisajes del romanticismo
se hallan en el arte de lo sublime.
En su Crítica del juicio (1790) Kant confirma el antagonismo burkeano entre lo
bello y lo sublime, así como la intimidad del segundo con la infinitud. Para
Kant lo sublime -“aquello en comparación con lo cual toda otra cosa es pequeña”-
es un sentimiento despertado por la idea de infinito, una idea que, por el mero
hecho de poder ser pensada por la razón, demuestra la superioridad de nuestro
espíritu sobre la precaria naturaleza. Si la naturaleza es bella por su forma y
su limitación, lo sublime invierte los términos y participa de lo informe e
ilimitado que la idea de infinitud lleva en su vientre. Sólo que ahora, a
diferencia de lo que sucedía en la Antigüedad, esa idea de infinitud no denota
carencia sino, al contrario, plenitud máxima. […]
Font:
Javier Gomá Lanzón. El País.
21 de juny 2014
Marguerite Yourcenar. El tiempo, gran escultor
El día en que una estatua está
terminada, su vida, en cierto sentido, empieza. Se ha salvado la primera etapa
que, mediante los cuidados del escultor, la ha llevado desde el bloque hasta la
forma humana; una segunda etapa, en el transcurso de los siglos, a través de
alternativas de adoración, de admiración, de amor, de desprecio o de
indiferencia, por grados sucesivos de erosión y desgaste, la irá devolviendo
poco a poco al estado de mineral informe al que la había sustraído su escultor.
No hace falta decir que ya no nos
queda ninguna estatua griega tal y como la conocieron sus contemporáneos:
apenas sí advertimos, por aquí y por allá, en la cabellera de algún Core o de
algún Curos del siglo VI, unas huellas de color rojizo, semejantes hoy a la más
pálida alheña, que atestiguan su antigua cualidad de estatuas policromadas,
vivas con la vida intensa y casi terrorífica de maniquíes e ídolos que, por
añadidura, fueron también obras de arte. Estos duros objetos, moldeados a
imitación de las formas de la vida orgánica, han padecido a su manera lo
equivalente al cansancio, al envejecimiento, a la desgracia. Han cambiado igual
que el tiempo nos cambia a nosotros. Las sevicias de los cristianos o de los
bárbaros, las condiciones en que pasaron bajo tierra sus siglos de abandono
hasta el momento del descubrimiento que nos los devolvió, las restauraciones
buenas o torpes que sufrieron o de las que se beneficiaron, la suciedad o la
pátina auténticas o falsas, todo, hasta la misma atmosfera de los museos en
donde hoy yacen enterrados, contribuye a marcar para siempre su cuerpo de metal
o de piedra
Algunas de estas modificaciones
son sublimes. A la belleza tal y como la concibió un cerebro humano, una época,
una forma particular de sociedad, dichas modificaciones añaden una belleza
involuntaria, asociada a los avatares de la historia, debida a los efectos de
las causas naturales y del tiempo. Estatuas rotas, sí, pero rotas de una manera
tan acertada que de sus restos nace una obra nueva, perfecta por su misma
segmentación: un pie descalzo apoyado sobre una baldosa, una mano pura, una
rodilla doblada en la que reside toda la velocidad de la carrera, un torso al
que ningún rostro nos impide amar, un seno o un sexo en el que reconocemos
mejor que nunca la forma de flor o de fruto, un perfil en el que sobrevive la
belleza en una completa ausencia de anécdota humana o divina, un busto de
rasgos corroídos, a mitad de camino entre el retrato y la calavera. Tal cuerpo
comido por el tiempo recuerda a un bloque de piedra desbastado por las olas,
tal fragmento mutilado apenas difiere del guijarro o de la piedrecilla pulida
recogida en una playa del Egeo. El perito, sin embargo, no lo duda: esa línea
borrosa, esa curva que allá se pierde y más allá se recupera, sólo puede
provenir de una mano humana, y de una mano griega que trabajó en tal lugar y en
el curso de tal siglo. Todo el hombre está ahí, su colaboración inteligente con
el universo, su lucha contra el mismo, la derrota final en que el espíritu y la
materia que le sirve de soporte perecen casi al mismo tiempo. Su intención se
afirma hasta el final en la ruina de las cosas.
Algunas
estatuas expuestas al viento del mar poseen la blancura y la porosidad de un
bloque de sal que se desmorona; otras, como los leones de Delos, dejaron de ser
efigies de animales para convertirse en fósiles blanqueados, en huesos
expuestos al sol a la orilla del mar. Los dioses del Partenón, a los que ataca
la atmósfera londinense, se van convirtiendo en algo parecido a un cadáver o a
un fantasma. Las estatuas restauradas y a las que los restauradores del XVIII
añadieron una falsa pátina, con objeto de ponerlas a tono con los parquets
relucientes y los pulidos espejos de los palacios de papas y príncipes, tienen
en su aspecto una pompa y una elegancia que no es antigua, pero que evoca las
fiestas a las que asistieron, dioses de mármol retocados según el gusto de los
tiempos y que se codearon con efímeros dioses de carne. Hasta sus hojas de
parra los visten como si fuesen un traje de época. Obras menores a las que nadie se
preocupó de resguardar en galerías o pabellones hechos para ellas, dulcemente
abandonadas al pie de un plátano, a la orilla de una fuente, adquieren a la
larga la majestad o la languidez de un árbol o de una planta; ese fauno velludo
es un tronco cubierto de musgo; esa ninfa inclinada se parece a la madreselva
que la besa.
Hay otras que sólo a la violencia
humana deben la nueva belleza que poseen: el empujón que las tiró del pedestal,
el martillo de los iconoclastas, las hicieron lo que son. La obra clásica se
impregna de patetismo, de este modo, los dioses mutilados parecen mártires. En
ocasiones, la erosión debida a los elementos y a la brutalidad de los hombres
se unen para crear una apariencia sin igual que ya no pertenece a escuela
alguna ni a ningún tiempo: sin cabeza, sin brazos, separada de su mano
recientemente hallada, desgastada por toda las ráfagas de las Espóradas, la
Victoria de Samotracia es ahora menos mujer y más viento de mar y de cielo. […]
13 de febr. 2014
Jean Fouquet. Díptic de Melun
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| La Virgen con el Niño y ángeles, Fouquet |
Etienne
Chevalier, tesorero de los reyes de Francia Carlos VII y Luis XI, encargó a
Jean Fouquet un díptico que permaneció en la iglesia colegial de Nôtre Dame de
Melun hasta que a finales del siglo XVIII fue dividido. El panel izquierdo,
perteneciente a la Gemäldegalerie de Berlín, muestra a Etienne Chevalier
arrodillado, acompañado por su santo patrón san Esteban, mientras que el panel
derecho, propiedad del Real Museo de Bellas Artes de Amberes, representa a la
Virgen de una manera sorprendentemente original en el contexto de la pintura
francesa de la época.
En esta tabla de La Virgen con el Niño y ángeles,
verdadera obra maestra del siglo XV, Jean Fouquet evidencia la forma singular
con que tradujo en imágenes las distintas influencias que contribuyeron a la
gestación de su arte. Si la iconografía y, en particular, los ángeles
monocromos rojos y azules están en deuda con la tradición nórdica, el modo en
que resuelve la composición y la materializa evidencian su conocimiento del
arte flamenco y del Quattrocento italiano. La forma de traducir las diferentes
materias y los efectos de luz como el reflejo de la ventana sobre la superficie
pulida de las dos bolas del trono remiten a Jan van Eyck. La construcción
geométrica del espacio y su gusto por las formas puras, como la cabeza oval de
la Virgen o sus senos trazados como con compás, evocan las obras de Paolo Ucello
y de Piero della Francesca.
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Etienne Chevalier y San Esteban, Fouquet
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Fouquet representa aquí a María como Madona de la leche,
en posición frontal, ante un rico trono. La corona de ricas perlas y piedras
preciosas, que descansa sobre su cabeza sujetando un velo transparente, la
identifica como reina de los cielos. Lleva una capa de armiño y un traje de
seda gris, que destaca su cintura estrechísima, mientras que el corpiño abierto
deja ver uno de sus senos redondos. La Virgen sostiene a su Hijo desnudo sobre
su rodilla izquierda. La posición escorzada del Niño hacia el lado izquierdo de
la tabla -hacia donde dirige su rostro y su dedo índice-, conecta esta tabla
con la de la izquierda del díptico en la que aparece el donante arrodillado con
el rostro dirigido hacia la derecha, donde se encuentra Jesús.
María, con su piel blanca como el marfil, encarna el
ideal de belleza de la época, casi sin cejas, con el nacimiento del cabello muy
hacia atrás y unos rasgos, que según la tradición, serían los de Agnes Sorel,
la amante del rey Carlos VII -la primera amante real reconocida de forma
oficial, poseedora de una gran belleza-, y de la que Etienne Chevalier fue
testamentario.
23 de des. 2013
Giotto. Cappella dell'Arena. Proust
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| Giotto. Cappella dell'Arena |
[…] L'année où nous mangeâmes tant d'asperges, la fille de cuisine
habituellement chargée de les « plumer » était une pauvre créature maladive,
dans un état de grossesse déjà assez avancé quand nous arrivâmes à Pâques, et
on s'étonnait même que Françoise lui laissât faire tant de courses et de
besogne, car elle commençait à porter difficilement devant elle la mystérieuse
corbeille, chaque jour plus remplie, dont on devinait sous ses amples sarraus
la forme magnifique. Ceux-ci rappelaient les houppelandes qui revêtent
certaines des figures symboliques de Giotto dont M. Swann m'avait donné des
photographies. C'est lui-même qui nous l'avait fait remarquer et quand il nous
demandait des nouvelles de la fille de cuisine, il nous disait : «Comment va la
Charité de Giotto?» D'ailleurs elle-même, la pauvre fille, engraissée par sa
grossesse, jusqu'à la figure, jusqu'aux joues qui tombaient droites et carrées,
ressemblait en effet assez à ces vierges, fortes et hommasses, matrones plutôt,
dans lesquelles les vertus sont personnifiées à l'Arena.
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| Charité |
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| Envie |
Malgré
toute l'admiration que M. Swann professait pour ces figures de Giotto, je n'eus
longtemps aucun plaisir à considérer dans notre salle d'études, où on avait
accroché les copies qu'il m'en avait rapportées, cette Charité sans charité,
cette Envie qui avait l'air d'une planche illustrant seulement dans un livre de
médecine la compression de la glotte ou de la luette par une tumeur de la
langue ou par l'introduction de l'instrument de l'opérateur, une Justice, dont
le visage grisâtre et mesquinement régulier était celui-là même qui, à Combray,
caractérisait certaines jolies bourgeoises pieuses et sèches que je voyais à la
messe et dont plusieurs étaient enrôlées d'avance dans les milices de réserve
de l'Injustice.
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| Justice |
Font: A la recherche du temps perdu (Marcel Proust)
http://alarecherchedutempsperdu.org/marcelproust/018
17 d’oct. 2013
Argullol. Autorretrato: «Refléjate a ti mismo» (fragmento)
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| Durero. Autorretrato. 1498 |
[…] Apenas es posible encontrar mayores muestras de autoafirmación en una
obra pictórica que las que nos ofrece Albert Durero en los autorretratos de 1498
y 1500. El primero preanuncia al segundo. En 1498 Durero se pinta a sí mismo como
exponente de una extraordinaria dignidad mundana. Con el torso ligeramente
inclinado, su mirada hacia el espectador denota una calculada mezcla de
serenidad y seguridad. Sus ropajes nobles están en concordancia con la nobleza
del gesto. Al fondo un retazo de paisaje no hace sino confirmar la centralidad
y el protagonismo del hombre, sobre todo del artista. El cuadro de 1500 es
todavía más rotundo. En él Durero nos mira de frente y en sus ojos se expresa,
explícitamente, la pertenencia a un estado superior del espíritu. Probablemente
no hay en la historia de la pintura ninguna obra que quiera indicar un mayor
grado de autodivinización: porque, en efecto, en este autorretrato Durero se
halla revestido de la mayestática grandeza de Cristo; no, como es obvio, del
Cristo sufriente -en el que se refugiarán, como veremos, otros pintores- sino del
Cristo triunfante, vencedor de la gran prueba y salvador de la humanidad. En la
pintura de 1500 ya no hay únicamente dignidad humana: se trata, con increíble
altivez, de dignidad divina.
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| Durero. Autorretrato.1500 |
En realidad Durero fuerza hasta el extremo el talante del nuevo artista
renacentista que en su curso por afirmar la propia identidad creativa pasa de
la reivindicación social a la metafísica. De la dignitas del artista al
artista como alter deus, engendrador de mundos a imagen y semejanza del
Dios genético. Desde Masaccio ésta es una actitud que se radicaliza
progresivamente. Durante el Quattrocento los pintores se reflejan cada
vez con mayores dosis de individualidad y poder. A principios del siglo XVI la
pintura renacentista ha creado las condiciones para que un Miguel Ángel afronte
el Génesis de la Capilla Sixtina como expresión de la fuerza creadora
del artista. A Miguel Ángel y a Rafael sus mismos contemporáneos les llaman
«divinos». En 1500 Durero se pinta como tal.
Sin llegar al atrevimiento de Durero los cuadros que recogen la majestad
del pintor son frecuentes en el arte europeo hasta la gran crisis de identidad
provocada por el Romanticismo. Tras éste las representaciones de este tipo
escasean o se presentan tan distorsionadas que apenas tienen rasgos
iconográficos comunes con la tradición anterior. En el siglo XIX todavía
podemos observar mediocres continuaciones académicas o excelentes excepciones,
como algunos de los autorretratos de Ingres; pero en general después de Goya,
como en tantos otros aspectos, la pintura europea rompe con su voluntad de dignitas
y los artistas renuncian a su autorrepresentación mayestática.
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| Rubens. Autorretrato. 1639 |
Sin embargo, entre ambos momentos, entre el Renacimiento y el Romanticismo,
los ejemplos de autoafirmación del artista son innumerables. Tomemos tres, de
tres tradiciones distintas pero pertenecientes al gran siglo de madurez de la
pintura, el XVII: los autorretratos de Velázquez de 1631, de Rubens de 1639 y
de Poussin de 1650. El de Velázquez tiene curiosas similitudes con el pintado
por Durero en 1498. La misma orientación del cuerpo, la misma inclinación de
las pupilas, el mismo aire sereno y seguro. Velázquez es más austero, como
corresponde a su época. El de Rubens nos ofrece un escorzo opuesto mientras su
mirada aparece suspendida en la lejanía. Por último el de Poussin, con
inscripciones en el lado derecho que también recuerdan las de Durero, nos
comunica una mirada llena de vigor y de energía.
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| Poussin. Autorretrato. 1650 |
Los autorretratos de Velázquez, Rubens y Poussin son de una notable
gravedad pero están situados en un momento claramente distinto a los de Durero.
No hay en ellos ansias de divinización ni tampoco, como en los retratos de los quattrocentistas,
un reclamo de individualidad. Corresponden a un estado más avanzado de la
confianza del pintor en sus poderes. El artista del Renacimiento luchaba contra
la servidumbre anterior y era todavía, en gran medida, un hombre que debía
exaltar la libertad y autonomía de su arte. El artista del siglo XVII parte de
las enormes conquistas renacentistas y, a pesar de sus dependencias cortesanas,
se halla convencido de la elevada condición de su trabajo. Velázquez y Rubens
se pintan a sí mismos como gentilhombres y asimismo tal vez, especialmente el
primero, como militares. Poussin, como pintor seguro del rigor de su pintura, pone
sus cuadros como fondo, pero su vestimenta en nada se distingue de la de un
magistrado. En los tres casos el retrato quiere reflejar una dignidad social y
por eso se autorretratan para la sociedad. […]
18 de maig 2013
Félix de Azúa. Los otros mundos que están en éste
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| Patinir. El paso de la laguna Estigia |
Lo
primero que vemos es una barca en medio del río. Sobre ella, un anciano de
considerable estatura, apenas cubierto por una sábana que el viento agita,
parece como si tratara de alcanzar la orilla derecha a golpe de remo atraído
por un breve estuario. Le acompaña un niño minúsculo que mira, no sin aplomo,
las tres cabezas del monstruo que se revuelve en el alpendre adosado a un
castillo en cuyas terrazas están luchando a muerte varios hombres. En esa
orilla debe de haberse desatado una guerra, porque al fondo arde una ciudad.
El monstruo ya ha avistado la embarcación y sin
duda atacará al anciano y al niño en cuanto pisen tierra, pero hay algo extraño
en la mirada del barquero, como si dudara en la resolución que debe tomar. Ese
signo dubitativo nos sugiere que aún no ha decidido si la barca entrará en la
zona donde habita el monstruo y tienen lugar las matanzas, o bien abordará la
otra orilla, allí donde los ángeles acompañan a unas cuantas figuras inocentes
por jardines atestados de frutales. Hay en los fondos del paisaje unas
edificaciones cristalinas que recuerdan las de El Paraíso de El Bosco. Las dos embocaduras son
similares y están la una frente a la otra, pero en la paradisíaca hay una
barrera de rocas. La barca aún no ha tomado una dirección.
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| El Bosco. El Paraíso |
No es
necesario haber leído estudios especializados sobre Patinir, como el excelente
de Javier Maderuelo, para entender que se nos está exponiendo una figura
universal, la de la salvación y la condena, el Cielo y el Infierno, el amor y
la destrucción. Es un desgarro que todos hemos vivido alguna vez bajo
cualquiera de sus múltiples formas y que reconocemos de inmediato en esta
imagen, aunque no sepamos quién es Caronte, dónde cae la laguna Estigia o qué
clase de monstruo era el Cancerbero. Las imágenes tienen una potencia similar a
la del lenguaje para describir acciones y pasiones. Ciertamente las escenas
pintadas están detenidas, pero podemos darles vida a nuestro antojo, y de hecho
eso es lo que hacemos cuando miramos pinturas, porque esa es la fuente de su
fascinación: no sólo piden admiración, sino que exigen nuestra colaboración
creativa. Nosotros finalmente somos quienes decantamos la barca de Caronte
hacia el Cielo o el Infierno.
La
pintura nos permite ver mundos que nunca han existido, pero que no por eso
dejan de ser reales y verdaderos para el intelecto y para la sensibilidad. [...]
Font:
Félix de Azúa. El País 16 de mayo de 2013
1 d’abr. 2013
9 de març 2013
Elmyr de Hory. Andres Trapiello. La barraca de los falsos
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| Elmyr de Hory |
Hemos podido ver, al
fin, una exposición de Elmyr de Hory, el más célebre de los falsificadores de
obras de arte. No ha sido fácil, nos dicen los organizadores, porque de ese
pintor se conservan más falsificaciones que originales. Este de Hory, judío,
apátrida, playero, fue toda una leyenda, pregonada por la película que
hizo sobre él Orson Wells y abrochada por su suicidio, la víspera de ser
extraditado a su país de origen, donde lo reclamaba la justicia. Cuando yo vi
la exposición, estaba abarrotada de gente, casi tanta como en las otras dos
exposiciones celebradas al mismo tiempo, en las que se exponían muchos de los
pintores que de Hory falsificó.
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| Elmyr de Hory |
Presumía de Hory, al
que las fotos delatan como un hombre vanidoso, de tener en museos de todo el
mundo cientos de sus cuadros, atribuidos a Modigliani, Monet, Sisley, Pisarro,
Picasso, Matisse y muchos otros. Era la ocasión de mirar detenidamente sus pinturas.
¿Son en verdad iguales que las de los maestros a los que tratan de imitar? Las
pocas que tienen un tema original, algunos retratos de amigos suyos, son
mediocres. Las que imitan el estilo de otros, resultan aún más penosas: si
Picasso levantase la cabeza y viera los pulpos que de Hory quiere hacer pasar
por manos, lo habría denunciado no por fraude, sino por calumnia. Bien. Si uno,
que no es un experto, se da cuenta de esas pifias, no cree que no se dieran
cuenta los conservadores, galeristas y directores de los museos. Es probable
que haya alguna falsificación suya, pongamos por caso, en Barranquilla o en
Astorga. Ahora, duda uno mucho que las encontremos en el Quai d’Orsay. Y
bastaría para saber si son o no falsos no tanto con mirar las pinturas, sino la
gente que rodea al autor en las fotos de época donde aparece, nigromantes y
echadoras de cartas, playboys, cortesanas y petrolistas, en fin, el público al
que suelen recurrir los directores de los museos serios cuando tratan de
dilucidar autorías dudosas.
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| Elmyr de Hory |
Y claro que los
grandes pintores pueden pintar de vez en cuando un cuadro suyo fallido (que son
los que plagiaba de Hory, especializado en eso, en falsificar todo aquello que
los maestros habrían desechado de sí mismos), pero no se conoce ni una sola
obra maestra de Hory, ni propia ni atribuida a otro, porque lo verdaderamente
original no se puede plagiar; se plagia el estilo, el envoltorio, pero el
sentimiento es el adn de una obra. La exposición de Elmyr de Hory es una de las
más tristes que hayamos visto, y no sólo porque se siga abusando de la buena fe
de los incautos. Lo peor es que con ella se trata de alimentar “el
resentimiento de las masas” hacia lo original, sembrando la duda de que todo
puede ser falso o, al revés, que no hay nada verdadero y genuino en este mundo.
Ha salido uno de allí, sí, un poco irritado, pero no con el pintor, sino con
uno mismo: al fin y al cabo nos hemos dejado arrastrar a una barraca de feria,
en la que hemos visto un drama: el de alguien que no se contentó con empezar de
cero, como aquellos a los que falsificó. Buscaba los aplausos, (¡y de qué
publico!), no el arte, pero la posteridad también ha sido cruel con él: hoy
sabemos que Van Gogh, a quien Hory trató de plagiar su muerte también, no se
suicidó. ¿Qué le queda entonces? Una pobre barraca de feria y el elogio de las
masas.
Font: Andres
Trapiello. La barraca de los falsos. Magazine de La Vanguardia. 3 de marzo de 2013
11 d’oct. 2012
Josep Pla. Girona
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| Plaça del Vi |
Els porxos us evoquen les formes rústiques: una gerra
d’oli, la volta d’un celler, la campana d’una xemeneia, la tenda d’un carro.
Tenen les formes del trogloditisme perenne, semblen un eructe de la pedra, un
singlot de la terra, una mucositat mineral enorme i delicada.” Pla, J. Girona,
un llibre de records. Destino, 2004. Pàg. 41
Els carrers de la ciutat antiga. “Aquests carrers no són mai drets, fan petites entrades i
sortides, corbes llargues i insinuants com un braç. Això dóna a les
perspectives una gràcia i una suggestió suaus. I si mireu les cases des de
qualsevol lloc veureu que totes fan panxa. Entre l’entresol i el primer pis, la
vertical de la façana es trenca i s’insinua una corba viva, calenta i reposada
que té la qualitat d’un sotabarba de gegant. Aquestes lleus ondulacions,
combinades amb les del carrer, arriben a donar-li qualitats biològiques
profundes i populars i en foragiten tota pedanteria i eixarreïment purità” Op. Cit.
pàg. 47-48.
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| Sant Pere de Galligants |
Contrastant amb altres monestirs benedictins del país,
fets per monjos que portaven espasa i gent armada vestida de negre, Sant Pere
de Galligants, encaixonat en un còrrec i redossat en un clot, desproveït d’aparatositat,
encongit, sembla obeir més aviat a l’avial psicologia pagesa” Op. cit. pàg. 117
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| Carrer de la Força |
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| Sant Feliu |
El campanar de Sant Feliu. “L’excol·legiata té un campanar gòtic tardà, flamboyant.
Vuit agulles filigranades junyeixen l’agulla altíssima del mig en una cúspide
que té una presència tan persistent que jo no em podria imaginar Girona sense l’obsessió
d’aquest campanar. En el conjunt del panorama ciutadà, el bufat, galtainflat
campanar de la catedral, és naturalment el punt més alt. Però el campanar
gironí per definició, el campanar de la ciutat, és el de Sant Feliu. La seva
agulla es porta impresa al cor, la seva forma aguda es conserva en la memòria
amb una vivacitat que res no pot esborrar.” Op. cit. pàg. 202
Font: Josep Pla. Girona, un llibre de records
Font: Josep Pla. Girona, un llibre de records
14 de set. 2012
Vidas de Santos. Javier Bilbao
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| Maestro de Astorga (atribuida). Pedro Mártir |
[…] Es costumbre representar a
los mártires junto con el objeto con el que fueron torturados o asesinados (tal
como ocurre con el propio Jesús) y un ejemplo de ello es Pedro Mártir.
Como si de un personaje de película de terror se tratase, suele ser
representado con su característica hacha en la cabeza. Nació en Verona a
finales del siglo XII, era un niño muy estudioso y devoto e ingresó en la Orden
de los Predicadores de los dominicos, posteriormente sería nombrado Inquisidor
de Lombardía y alcanzaría gran renombre por sus discursos. Hasta que en una
conspiración, cátaros y gibelinos le tendieron una emboscada durante un viaje y
murió -como el lector sospechará- mediante un hachazo en la cabeza. Al
recibirlo su reacción fue ponerse a rezar. Viendo que se le agotaban las
fuerzas, mojó un dedo en su propia sangre y escribió antes de morir: “credo”.
Debido a la manera en que fue asesinado y —en línea con este peculiar humor
negro que indicábamos— los fieles acostumbran a invocarlo cuando sufren
jaquecas.
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| Michelangelo. San Bartolome |
De manera similar, San
Clemente suele aparecer representado junto a un ancla, pues a una se le ató
para a continuación lanzarlo al mar y convertirse así en el patrón de los
marineros. Estos tienen también como patrón a San Erasmo, torturado con
clavos bajo las uñas y finalmente muerto -según posterior invención popular-
debido a que le sacaron los intestinos con un cabrestante de barco.
Un nivel de crueldad similar
mostraron los torturadores de San Blas, quienes le arrancaron la piel a
tiras usando peines de hierro de cardador y posteriormente decapitaron. Final
muy parecido al de San Bartolomé, despellejado con un cuchillo, que pasó
a ser su atributo. Un santo patrón de… adivínenlo. Curtidores, peleteros y
fabricantes de guantes.
Otro caso digno de mención fue el
de San Dionisio; se convirtió en el siglo III en Obispo de París hasta
que, como era costumbre en el Imperio Romano, fue capturado y sometido a toda
clase de tormentos. Fue flagelado, atado con pesadas cadenas, le echaron fieras
para que lo devorasen e incluso fue puesto en una parrilla. Pero estaba hecho
de tal pasta que nada de eso fue suficiente, hasta que finalmente murió
decapitado. […]
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| Mantegna. San Sebastián |
Santa Dorotea, mártir bajo el emperador Diocleciano, se negó
como tantos otros a realizar sacrificios a los dioses y por ello sufrió toda
clase de golpes y maltratos que ella decía sentir como “caricias de pluma de
pavo real”. A continuación, mientras era conducida hacia su decapitación, dijo
a las multitudes que se disponía a ir a un lugar donde no existe el invierno ni
la nieve. Un joven se burló pidiéndole entonces que le enviara un cesto de
flores y frutas y ella, naturalmente, aceptó el reto. El invierno siguiente el
joven recibió en su casa un cesto con lo que había pedido, entonces se
convirtió y también murió mártir. Fue San Teófilo.[…]
No puede faltar en un recorrido
de este tipo San Sebastián. Soldado del Imperio Romano nacido en la
Galia, tras su conversión al cristianismo ayudó a otros correligionarios que se
encontraban en las cárceles. Cuando fue apresado se le condenó a ser atado a
una columna, donde fue acribillado a flechazos, de los que no obstante
sobrevivió. Hasta que finalmente fue apaleado y arrojado a la Cloaca Máxima de
Roma. […]
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| Fernando del Rincón. San Cosme y San Damián |
Font: Jotdown. Vidas ejemplares de santos (contiene escenas gore). Javier Bilbao
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