16 d’ag. 2012

Ramón Gaya. El nacimiento de la luz. Juan Pedro Quiñonero

Gaya. Chàteau de Cardesse.1939
Hacia 1939, el pintor de veintinueve años ha perdido a los seres más queridos, ha sido condenado al destierro, ha roto con todas las escuelas pictóricas más en boga, no tiene fortuna, patria ni hogar.

¿Qué hacer..?

Crear un mundo nuevo, muy alejado de la desesperación nihilista donde se precipitan escuelas y artistas de su tiempo: pintar la luz auroral con la que vestir todas las cosas, naciéndose con dolor en la tierra de nadie del destierro.

Esa es la luz que entra por las ventanas del Château de Cardesse (más una morada de paso que un “castillo”: château, domaine… quinta, casa solariega, posesión, hacienda, finca que abre sus puertas a un amigo sin tierra ni nada de su propiedad). Y viene de la huerta de La Fuensanta, del santuario de la Virgen de la Luz, de los pañuelos de las infantas velazqueñas y del Cántico espiritual. Es la misma luz sacra de los maestros acuarelistas chinos. El muro, el sofá, los cuadros, nos recuerdan el paso fugitivo de las cosas y los seres humanos, cuya ausencia da un melancólico esplendor al blanco purísimo de la luz.

Los dorados idos de los marcos, el raso y la madera noble del sofá, el suelo y el muro, están tocados por la solitaria urbanidad en cuarentena de una patina gris perla, gris ceniza: una paleta de grises que murmura una plegaria. Sus contornos iluminan el fulgor inmaculado de la luz, cuya manifestación posee el encanto de lo sagrado, lo divino. Es invisible; pero todo lo ilumina y lo toca con su esplendor, vistiendo con sus dones todas las cosas de la creación.

Gaya. Homenaje a Velázquez. 1951
El nacimiento de la luz es un acto de fe: fe en la pintura. Y exige la disciplina más alta: despojar a la pintura de todo lo accesorio (los maquillajes de la moda, las máscaras del pasado, las pasiones del artista, las tentaciones visibles e invisibles), hasta encontrar el diamantino fulgor de un manantial de agua o pintura virginal.

Esa revelación es el fruto de mucho trabajo y dolorida soledad. Ha sido necesario huir de las tentaciones más prometedoras, cuando y donde la pintura comenzaba a subastarse por metros. Es imprescindible defender a cada instante gracias y dones tan frágiles, amenazados por las desalmadas furias del tiempo y la historia. Consumado con solitario dolor, en un albergue de paso, tal nacimiento, esa epifanía echa los cimientos de la tarea de toda una vida: salvar, volver a pintar, buena parte del Museo íntimo, la casa del ser del artista, la razón última de su paso por la vida. [...]

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