1 d’oct. 2012

Goya en el Prado

El Museo del Prado apuesta una vez más por las oportunidades que ofrecen las plataformas digitales y pone en marcha un nuevo sitio web alojado en su página institucional. «Goya en el Prado» acerca a todos los ciudadanos la colección íntegra de pinturas, dibujos, estampas y documentos que se conserva sobre Francisco de Goya en la pinacoteca. Más de mil obras de arte, en formato de gran resolución y con referencias documentales fruto de un minucioso estudio. No hay que olvidar que la colección de Goya que atesora el Prado es la más importante y emblemática que existe del artista en el mundo.
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30 de set. 2012

Palladio. Biografía


Andrea di Pietro della Gondola nació en Padua el 30 de noviembre de 1508. De niño trabajó como aprendiz con el maestro cantero Bartolomeo Cavazza y en 1524 se trasladó a Vicenza, al moderno taller de cantería de los «maestros di Pedemuro». Entre 1524 y 1540, su vida cambió totalmente: estableció contacto con artistas como Valerio Belli y con el gran humanista y erudito Giangiorgio Trissino, que se convirtió en su mentor y mecenas. Fue éste el que le dio el apelativo de Palladio, una evocación al mundo clásico y a Palas Atenea, la diosa de la Sabiduría.

A lo largo de las dos décadas siguientes visitó Roma hasta en cinco ocasiones, donde estudió las grandes construcciones de la arquitectura antigua y ejemplos contemporáneos de Rafael, Bramante y Peruzzi. Su primer viaje data de 1541 y el último, de 1554, y todos ellos le marcaron profundamente. En Roma, Palladio aprendió a dominar la escala de dimensiones que iba a distinguir sus obras.

Absorbiendo la experiencia romana desde su particular visión personal y combinándola con la tradición y la práctica locales, inició su programa para modernizar la arquitectura urbana y rural de los aristócratas vicentinos. Así, adoptó elementos inspirados en los modelos romanos, como la situación de columnas y ventanas a intervalos regulares, en el palacio Porto (1542) y el palacio Chiericati (1550), por ejemplo.

Por otra parte, el gran atractivo y la viabilidad económica de las villas rurales llevaron a Palladio a adoptar un nuevo enfoque para la planificación y el diseño de las residencias rústicas, que unía las dependencias domésticas y las dedicadas a las labores agrícolas, y trataba todos los elementos de la villa como objetos de diseño arquitectónico.

Palladio. Basílica de Vicenza
La década de 1540 termina para Palladio con el importante encargo de remodelar el edificio gótico del Palazzo della Ragione de Vicenza, que envuelve con una logia de piedra blanca en la que la elegancia rítmica y la interpretación de la luz y del espacio se combinan para crear una noble proclama civil: a partir de entonces, sería conocido como «la Basílica», en alusión a los edificios de la antigua Roma donde se negociaba y se hablaba de política. Finaliza así su periodo ecléctico, marcado por la evolución de su lenguaje y la experimentación constante, y empieza a trabajar para las poderosas familias de Venecia.

A la muerte de su mentor Giangiorgio Trissino en 1550, Palladio se acercó a otro distinguido intelectual, Daniele Barbaro (1513-1570), eclesiástico y miembro del rico patriciado veneciano. Éste lo invitó a ilustrar su nueva traducción comentada (1556) de los Diez libros de arquitectura de Vitruvio; y, junto con su hermano Marcantonio (1518-1595), político y diplomático, le encargó la reconstrucción de la villa Barbaro en Maser a principios de la década. La villa Barbaro está considerada una de las mejores obras de Palladio, con interiores decorados al fresco por el Veronés, y representa ese nuevo tipo de villa-granja con el edificio residencial flanqueado por las dependencias agrícolas y los palomares.

Palladio. Il Redentore. Venecia
El contacto de Palladio con los hermanos Barbaro en la década de 1550 le reportó nuevos mecenas y numerosos encargos eclesiásticos en Venecia, en los que pudo aplicar soluciones arquitectónicas innovadoras: reconstruyó la fachada de San Francesco della Vigna, diseñó el refectorio y la iglesia de San Giorgio Maggiore (1565) y, años más tarde, Il Redentore en la Giudecca (1577).

La relación de Palladio con sus mecenas venecianos y vicentinos continuó hasta el final de su trayectoria profesional. En Venecia intervino en grandes proyectos no materializados, como sus propuestas para el nuevo puente de Rialto (después de 1566) o para un nuevo Palazzo Ducale tras el incendio de 1577, y aplicó a las villas y palacios las soluciones constructivas de sus proyectos eclesiásticos venecianos.

Palladio. Villa Barbaro
También siguieron influyendo en su obra las lecciones aprendidas del estudio de las obras de la antigua Roma, decisivas para su nuevo lenguaje en la arquitectura civil. Su minucioso análisis de termas y templos romanos inspiró los proyectos del Palazzo Barbarano de Vicenza (1568/9-75) y el Tempietto de Maser (1580). Otra de las cimas del arquitecto fruto de las investigaciones que llevó a cabo durante las décadas anteriores es la iglesia del Redentore. En la fachada, la estructura de los espacios internos se proyecta sobre un solo plano con una lucidez sin precedentes.

En su último gran proyecto, el Teatro Olímpico de Vicenza (1580), Palladio se basó en la descripción vitruviana del teatro romano y en la reconstrucción del teatro de Verona. El arquitecto falleció cinco meses después de iniciar las obras, en agosto de 1580, siendo consciente de que había conseguido crear un nuevo lenguaje arquitectónico: «Estoy seguro de que me considerarán muy afortunado […] por haber conocido a caballeros de tan noble y generosa mente y excelente juicio, que han escuchado mis razonamientos y han abandonado la anticuada forma de construir sin gracia ni belleza».

Font: La caixa. Obra social


14 de set. 2012

Vidas de Santos. Javier Bilbao

Maestro de Astorga (atribuida). Pedro Mártir

[…] Es costumbre representar a los mártires junto con el objeto con el que fueron torturados o asesinados (tal como ocurre con el propio Jesús) y un ejemplo de ello es Pedro Mártir. Como si de un personaje de película de terror se tratase, suele ser representado con su característica hacha en la cabeza. Nació en Verona a finales del siglo XII, era un niño muy estudioso y devoto e ingresó en la Orden de los Predicadores de los dominicos, posteriormente sería nombrado Inquisidor de Lombardía y alcanzaría gran renombre por sus discursos. Hasta que en una conspiración, cátaros y gibelinos le tendieron una emboscada durante un viaje y murió -como el lector sospechará- mediante un hachazo en la cabeza. Al recibirlo su reacción fue ponerse a rezar. Viendo que se le agotaban las fuerzas, mojó un dedo en su propia sangre y escribió antes de morir: “credo”. Debido a la manera en que fue asesinado y —en línea con este peculiar humor negro que indicábamos— los fieles acostumbran a invocarlo cuando sufren jaquecas.

Michelangelo. San Bartolome
De manera similar, San Clemente suele aparecer representado junto a un ancla, pues a una se le ató para a continuación lanzarlo al mar y convertirse así en el patrón de los marineros. Estos tienen también como patrón a San Erasmo, torturado con clavos bajo las uñas y finalmente muerto -según posterior invención popular- debido a que le sacaron los intestinos con un cabrestante de barco.

Un nivel de crueldad similar mostraron los torturadores de San Blas, quienes le arrancaron la piel a tiras usando peines de hierro de cardador y posteriormente decapitaron. Final muy parecido al de San Bartolomé, despellejado con un cuchillo, que pasó a ser su atributo. Un santo patrón de… adivínenlo. Curtidores, peleteros y fabricantes de guantes.

Otro caso digno de mención fue el de San Dionisio; se convirtió en el siglo III en Obispo de París hasta que, como era costumbre en el Imperio Romano, fue capturado y sometido a toda clase de tormentos. Fue flagelado, atado con pesadas cadenas, le echaron fieras para que lo devorasen e incluso fue puesto en una parrilla. Pero estaba hecho de tal pasta que nada de eso fue suficiente, hasta que finalmente murió decapitado. […]

Mantegna. San Sebastián
Santa Dorotea, mártir bajo el emperador Diocleciano, se negó como tantos otros a realizar sacrificios a los dioses y por ello sufrió toda clase de golpes y maltratos que ella decía sentir como “caricias de pluma de pavo real”. A continuación, mientras era conducida hacia su decapitación, dijo a las multitudes que se disponía a ir a un lugar donde no existe el invierno ni la nieve. Un joven se burló pidiéndole entonces que le enviara un cesto de flores y frutas y ella, naturalmente, aceptó el reto. El invierno siguiente el joven recibió en su casa un cesto con lo que había pedido, entonces se convirtió y también murió mártir. Fue San Teófilo.[…]

No puede faltar en un recorrido de este tipo San Sebastián. Soldado del Imperio Romano nacido en la Galia, tras su conversión al cristianismo ayudó a otros correligionarios que se encontraban en las cárceles. Cuando fue apresado se le condenó a ser atado a una columna, donde fue acribillado a flechazos, de los que no obstante sobrevivió. Hasta que finalmente fue apaleado y arrojado a la Cloaca Máxima de Roma. […]

Fernando del Rincón. San Cosme y San Damián
San Andrés era un palestino del siglo I que murió supuestamente en una cruz en forma de aspa. O al menos así lo dictó la tradición posterior, la conocida como Cruz de San Andrés, presente en la Unión Jack británica y en la Ikurriña. Por su parte, los hermanos San Cosme y San Damián vivieron en Siria entre el siglo III y IV, son dos santos médicos que deben invocarse si uno padece peste, inflamaciones de glándulas o moquillo y cuya particularidad no está tanto en los tormentos que sufrieron (lo típico: potros de tortura, lapidaciones…) ni en su muerte (decapitados, como de costumbre) sino en sus métodos de sanación, que incluyeron un pionero trasplante de pierna a un presbítero. Lo curioso del caso es que le pusieron la pierna negra de un etíope, siendo él blanco. [...]

Font: Jotdown. Vidas ejemplares de santos (contiene escenas gore). Javier Bilbao

9 de set. 2012

Constable. La esclusa. Suzana Mihalic


El autor: John Constable (1776-1837). Es uno de los más grandes paisajistas del siglo XIX. Como la de su contemporáneo J. M. W. Turner (1775-1851), su obra sigue vigente en todo el mundo. Tras lidiar cinco años contra la oposición de su futuro suegro, se casó con Maria Bicknell en 1816. Tuvieron siete hijos. Solo la tuberculosis de ella ensombreció lo felices que fueron. Consagrado antes fuera de Gran Bretaña, en 1829 fue finalmente elegido miembro de la Academia Real. Pero ese año murió Maria y él cayó en una depresión de la que ya no se recuperó. Murió en 1837.

La obra: joya del paisajismo británico. La esclusa pertenece a una serie de seis pinturas de grandes dimensiones a la que también pertenece The Hay Wain, que hoy puede verse en la National Gallery de Londres. Terminada en 1824, es la única de la serie en manos de un particular. Y desde que fue adquirida al artista solo se revendió una vez: en 1990 y su precio alcanzó los 10,8 millones de libras, convirtiéndolo ya entonces en el cuadro británico más caro jamás vendido.

La preparación: bocetos a tamaño real. Constable tenía el hábito de trabajar al aire libre. Desarrolló un estilo único que combina numerosos estudios y bocetos objetivos de la naturaleza con una visión profundamente personal del campo alrededor de su casa natal. Muchos de los bocetos eran al óleo a tamaño real, ejecutados para estudiar los efectos de masas de luz y color. El boceto de La esclusa se encuentra actualmente en el Museo de Arte de Filadelfia.

Constable. The Hay Wain
La pincelada: gran variedad. Para pintar las nubes, Constable utilizaba pinceladas rotas, habitualmente logradas con movimientos cortos, que le permitían dispersarlas sobre sus pasajes ligeros, creando una impresión de luz brillante que envuelve todo el entorno. Para lograr una representación real del agua en movimiento con sus tan característicos reflejos, el pintor daba pequeños toques de empastes de óleo en blanco, imitando así la espuma de las aguas inquietas del río.

El cielo: entre el arte y la ciencia. Dos años antes de terminar el cuadro, el artista pintó reiteradamente estudios en óleo de nubes, inspirado por la clasificación de las nubes presentada por el científico y meteorólogo Luke Howard. Casi como una obsesión, llegó a pintar hasta 50 bocetos en un verano. En el reverso anotaba las condiciones atmosféricas, la hora del día y la dirección y velocidad del viento, empeñado en dar a sus cielos una connotación más real.

Constable. Cloud Study
El formato: de vertical a horizontal. Inicialmente el formato de este cuadro era vertical, pero finalmente el autor abrió la composición hacia los lados y lo transformó en horizontal, tal como es su versión definitiva. Investigaciones con rayos X han demostrado que el cuadro fue retocado. Concretamente, el personaje que maneja la esclusa para permitir que el barco ingrese tenía los brazos levantados, como ocurre en versiones anteriores de esta obra.

El tema: un entorno muy familiar. La pintura muestra la esclusa del molino de Flatford en el río Stour en Suffolk, su condado natal, situado al este de Inglaterra. En vida del artista, Suffolk se convirtió en protagonista de muchas de sus pinturas, ya que Constable conocía muy bien el río debido a que su padre había trabajado como molinero. Incluso hoy en día es posible identificar algunos de los lugares retratados por el artista en sus más emblemáticos paisajes.

La esclusa, de Constable. Se subastó el 3 de julio de 2012 en la sede londinense de Christie's. Un comprador anónimo pagó 20 millones de libras. Antes podía verse en el Museo Thyssen de Madrid.

20 d’ag. 2012

El Renacimiento. Juan Pablo Fusi


Ghirlandaio. 
Capilla Tornabuoni (detalle)
El término «Renacimiento» fue una invención de los historiadores. El primero en usarlo fue probablemente Jules Michelet que tituló así, «El Renacimiento», el tomo VII de su monumental Historia de Francia (1855-1867). El libro que, con todo, fijó el concepto fue La civilización del renacimiento en Italia (1860), la gran obra del historiador suizo Jacob Burckhardt (1818-1897), un académico culto, de vida rutinaria y tranquila que enseñó siempre en la universidad de su placentera ciudad natal, Basilea.

Burckhardt, efectivamente, hizo del Renacimiento, que circunscribía a la Italia de los siglos XIV y XV -la Italia de Dante a Miguel Ángel-, no ya un estilo o un movimiento o un periodo sino una civilización (como pudieron serlo la Antigüedad clásica o el cristianismo), esto es, una totalidad, un sistema orgánico de ideas, creencias y formas de vida: un tipo de poder y estado (las repúblicas italianas), un mundo complejo de gustos y valores estéticos y morales (fascinación con la Antigüedad, humanismo), una forma de vida social (refinamiento, sociabilidad), una moral. La esencia del Renacimiento en su interpretación era el desarrollo del individuo, el descubrimiento del mundo y la afirmación de la dignidad del hombre (de ahí el gusto renacentista por la biografía y la autobiografía, o la importancia del retrato en la pintura renacentista): el Renacimiento, en suma, como un espíritu profano, pero no antirreligioso, impregnado de humanismo clasicista y ennoblecido por el arte, la etapa que para Burckhardt, que veía en la democracia de masas, el nacionalismo, la industrialización y el militarismo amenazas a toda la vieja cultura europea, debía ser «faro y guía de la edad del mundo en que vivimos».

Ghirlandaio. Capilla Tornabuoni (detalle)
Burckhardt planteó así uno de los grandes temas de la historia. Pero también, uno de los más debatidos. La idea de Renacimiento conllevaba elementos equívocos. Implicaba ruptura con la época anterior, con la Edad Media, ruptura que en puridad no existió. Los hombres de los siglos XIV a XVI no supieron que vivieron en el Renacimiento, que en muchos sentidos fue la prolongación natural de la Baja Edad Media. Renacimiento era, además, un término demasiado genérico e inespecífico, y de geografía y cronología en exceso imprecisas. Hubo, en realidad, varios «renacimientos». El primer Renacimiento italiano, que apareció en la Toscana, y el Renacimiento «nórdico» (Flandes, Países Bajos: Borgoña) fueron tempranos: surgieron ya en la primera mitad del siglo XV. El pleno Renacimiento sólo cristalizó, sin embargo -en Florencia, en Roma- en torno a los años 1500-1520. El Renacimiento veneciano, los renacimientos francés, español, portugués e inglés (éste, además, un Renacimiento muy singular) fueron en cambio tardíos, un hecho del siglo XVI.

Ghirlandaio. Capilla Tornabuoni (detalle)
[…] El Renacimiento trajo un nuevo sentido del mundo. Los descubrimientos geográficos de los portugueses en el siglo XV (costas africanas, océano Índico, India, sureste asiático, China, Japón…) y el descubrimiento, exploración y conquista de América por los españoles ampliaron dramáticamente el conocimiento de la geografía del mundo y enfrentaron al hombre con los múltiples dilemas de descubrir un Nuevo Mundo. Los descubrimientos científicos en astronomía (Copérnico, Tycho Brahe), medicina y fisiología (Vesalio, Paracelso, van Helmont, Servet, Ambroise Paré), matemáticas (Regiomontanus), física (Tartaglia), química y ciencias naturales, transformaron paralelamente el conocimiento de la realidad física y de la naturaleza humana, en algunos casos -esfericidad de la tierra, gravitación de los planetas alrededor del sol, anatomía del cuerpo humano- de forma asombrosa y estupefaciente.

Aunque el Renacimiento siguió creyendo en profecías, milagros, hechicerías, hadas y nigromancia, y fue un periodo de profunda revisión y graves tensiones religiosas que culminarían en la Reforma luterana, cambió la conciencia de la humanidad. […]

Font: Juan Pablo Fusi. El Renacimiento. ABC. 11 de agosto de 2012

17 d’ag. 2012

También las mujeres sabían pintar. Ángeles Caso

Élisabeth Vigée-Lebrun. Autorretrato
[…] Por supuesto que la presencia femenina en el mundo de las artes europeas fue rara hasta finales del siglo XIX, igual que lo fue en cualquier otra actividad que supusiera beneficios cuantiosos y prestigio social. Rara, pero real. Aunque apenas las conozcamos, hubo un notable puñado de mujeres, sin duda valientes, que a lo largo de los siglos pintaron o esculpieron. Mujeres que casi siempre habían aprendido el oficio de manos de sus propios padres en el taller familiar.

Ellas compitieron codo a codo con los hombres por lograr el apoyo de los grandes mecenas, los monarcas, la aristocracia y el alto clero. A veces fueron vapuleadas y tratadas con desprecio. Algunas abandonaron ante las presiones sociales. Otras permanecieron ocultas tras la figura del padre o del marido. Pero también las hubo que defendieron con uñas y dientes su talento y lograron imponerse como artistas de éxito en un mercado en el que la lucha por hacerse con los encargos era feroz. Unas cuantas llegaron a ser reconocidas en toda Europa, vivieron viajando de un país a otro, solicitadas de todas partes, y se construyeron sólidas fortunas.

Sofonisba Anguissola. Autorretrato
Ahí están, como pequeños rayos de luz lunar en ese universo mayoritariamente masculino, Sofonisba Anguissola (1532-1625), que durante 13 años retrató a los miembros de la familia de Felipe II. Lavinia Fontana (1552-1614), que pintó para el Papa Clemente VIII y llegó a cobrar por sus retratos lo mismo que el gran Van Dyck. Artemisia Gentileschi (1593-1652), que ganó tanto dinero con sus espléndidos cuadros que pudo casar a sus hijas con nobles españoles, previo pago de enormes dotes. Judith Leyster (1609-1660), que alcanzó un gran éxito en Holanda. Luisa Roldán, La Roldana (1652-1704), exquisita escultora de cámara —el máximo honor de la época— de Carlos II y de Felipe V. Rosalba Carriera (1675-1757), favorita en muchos palacios e introductora de la técnica del pastel en la Francia del rococó. Angelica Kauffmann (1741-1807), que se enriqueció en Inglaterra con sus obras neoclásicas. Elisabeth Vigée-Lebrun (1755-1842), retratista preferida de María Antonieta y codiciada por la nobleza de toda Europa. Constance Charpentier (1767-1849), premiada en varios de los famosos salones parisinos de su tiempo. O Rosa Bonheur (1822-1899), famosísima en medio mundo gracias a sus cuadros de animales.[…]

Todas esas mujeres fueron reales. Existieron. Pintaron o esculpieron. Y triunfaron. La gran pregunta es por qué no aparecen en la mayor parte de los libros de historia del arte. Y por qué no vemos sus obras en los museos. Supongo que la respuesta la tienen los hombres que, mayoritariamente, han ejercido como historiadores, críticos y conservadores hasta tiempos muy recientes. […]

Font:  Ángeles Caso. El País. 8 de marzo de 2012
http://elpais.com/elpais/2012/03/07/opinion/1331119919_442911.html 

16 d’ag. 2012

Ramón Gaya. El nacimiento de la luz. Juan Pedro Quiñonero

Gaya. Chàteau de Cardesse.1939
Hacia 1939, el pintor de veintinueve años ha perdido a los seres más queridos, ha sido condenado al destierro, ha roto con todas las escuelas pictóricas más en boga, no tiene fortuna, patria ni hogar.

¿Qué hacer..?

Crear un mundo nuevo, muy alejado de la desesperación nihilista donde se precipitan escuelas y artistas de su tiempo: pintar la luz auroral con la que vestir todas las cosas, naciéndose con dolor en la tierra de nadie del destierro.

Esa es la luz que entra por las ventanas del Château de Cardesse (más una morada de paso que un “castillo”: château, domaine… quinta, casa solariega, posesión, hacienda, finca que abre sus puertas a un amigo sin tierra ni nada de su propiedad). Y viene de la huerta de La Fuensanta, del santuario de la Virgen de la Luz, de los pañuelos de las infantas velazqueñas y del Cántico espiritual. Es la misma luz sacra de los maestros acuarelistas chinos. El muro, el sofá, los cuadros, nos recuerdan el paso fugitivo de las cosas y los seres humanos, cuya ausencia da un melancólico esplendor al blanco purísimo de la luz.

Los dorados idos de los marcos, el raso y la madera noble del sofá, el suelo y el muro, están tocados por la solitaria urbanidad en cuarentena de una patina gris perla, gris ceniza: una paleta de grises que murmura una plegaria. Sus contornos iluminan el fulgor inmaculado de la luz, cuya manifestación posee el encanto de lo sagrado, lo divino. Es invisible; pero todo lo ilumina y lo toca con su esplendor, vistiendo con sus dones todas las cosas de la creación.

Gaya. Homenaje a Velázquez. 1951
El nacimiento de la luz es un acto de fe: fe en la pintura. Y exige la disciplina más alta: despojar a la pintura de todo lo accesorio (los maquillajes de la moda, las máscaras del pasado, las pasiones del artista, las tentaciones visibles e invisibles), hasta encontrar el diamantino fulgor de un manantial de agua o pintura virginal.

Esa revelación es el fruto de mucho trabajo y dolorida soledad. Ha sido necesario huir de las tentaciones más prometedoras, cuando y donde la pintura comenzaba a subastarse por metros. Es imprescindible defender a cada instante gracias y dones tan frágiles, amenazados por las desalmadas furias del tiempo y la historia. Consumado con solitario dolor, en un albergue de paso, tal nacimiento, esa epifanía echa los cimientos de la tarea de toda una vida: salvar, volver a pintar, buena parte del Museo íntimo, la casa del ser del artista, la razón última de su paso por la vida. [...]